9 de febrero de 2007

SOBRE EL DODÓ Y OTROS ASUNTOS

Para Juan Miguel, Juan Carlos, Antonia, Rosa, María José, Mogica... y todos los que preparábamos el "visu": los buenos momentos de aquellos días son impagables. Aun guardo las risas en una carpeta, junto a los apuntes, los esquemas, los dibujos...
Para mis alumnos (especialmente para los de 2º de Bachillerato): no dejéis de reir (¡pero hacedlo fuera de clase! Je, je)




Hace 21 años, recién licenciado en zoología, andaba preparando el famoso "visu" de las oposiciones para "profesores agregados de bachillerato" en el Colegio de los Jesuitas "San José", de Valencia. En aquel precioso edificio existe un museo de Ciencias Naturales, creado por un sacerdote a finales del siglo XIX, el padre Ignacio Sala. Según tengo entendido, este buen hombre, un naturalista curioso, escribía a los misioneros jesuitas de todo el mundo para que le enviasen ejemplares de rocas y minerales, insectos, huesos, fósiles, herbarios... y cuánto pudiese ser de interés para su museo. La colección es impresionante por el volumen y la naturaleza del contenido; allí se pueden ver desde cráneos de cocodrilos o elefantes hasta cangrejos-cacerola de las Molucas, desde fetos con malformaciones de diversas clases de animales hasta insectos-palo de 60 cm., desde ámbar con inclusiones de hormigas hasta el "hueso de la canilla" de un alumno que fue arrollado por un autobús en las cercanías del colegio. A decir de los entendidos, la joya de este museo, paradigma de los museos de ciencias naturales en los siglos XVIII y XIX, es su colección ornitológica: hay disecados patos, rapaces diurnas y nocturnas, pájaros, estorninos, bisbitas, córvidos, golondrinas, cucos... Incluso había un par de ejemplares (reconstrucciones) de un ave muy peculiar, extinguida hace unos tres siglos: el dodó.

El pasado viernes 2 de febrero, en una visita con mis alumnos de 2º de Bachillerato a la Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia para ver la exposición "El bosque de cromosomas" me llevé una grata sorpresa: ¡uno de los dodós de los jesuitas estaba expuesto en una vitrina! A pesar del tiempo transcurrido desde que lo tuve en mis manos, los recuerdos de aquellos felicísimos días se han vuelto nítidos...


(Ya sé, ya sé... El dodó ha cambiado menos que yo...)
En aquella época, el naturalista curioso que había en mí (y que sigue habiendo) quiso saber más de esta especie de paloma y, fruto de mis pesquisas, nació un artículo que he rescatado del baúl de los recuerdos (¡éramos capaces de vivir sin discos duros!) y enriquecido con algunos datos que he conocido después.
Los dodós vivieron en las Islas Mauricio, Reunión y Rodrígues, pertenecientes a un pequeño archipiélago del mar Índico, al este de Madagascar. Las islas pertenecieron a los portugueses en el siglo XVI (que las llamaron Islas Mascarenhas), a los holandeses en el XVII (las rebautizaron como Islas Mauricio), los franceses en el XVIII (a cada isla le pusieron un nombre y lo cambiaron en varias ocasiones: Isla de Bonaparte, Isla Reunión, Isla del Cisne, Isla de Francia, Isla de Bourbon...) y los británicos en el XIX y en el XX (el archipiélago consiguió su independencia en 1968).
Cada una de las tres islas poseía su propia especie de dodó (también se conoce con su nombre alemán dronte).
El dodó de Isla Mauricio, la más conocida de las tres especies, fue bautizada por Linneo con el nombre de Didus ineptus, pues su aspecto –la cabeza grande, el cuello rechoncho, el gran pico, las patas cortas con cuatro dedos, sus alas casi vestigiales- sugería un ave de hábitos estúpidos. Otro gran naturalista, Buffon, considera que el dodó es “un error de la naturaleza” y no lamenta su extinción. Fue rebautizada como Raphus cucullatus.

A lo largo del siglo XVII, varios ejemplares de dodós llegaron a Europa para enriquecer las colecciones particulares (fue famosa la del emperador Rodolfo II de Habsburgo), para ser exhibidos en ferias o para ser estudiados en las universidades. La fama que el ave alcanzó y la curiosidad de los aristas establecieron una feliz alianza: gracias a los diversos grabados y dibujos de la época, podemos hacernos una idea del aspecto del dodó



Una de las primeras noticias de la existencia del dodó data del siglo XVI y nos la da el almirante holandés Jacob Cornelisz van Neck, quien refiere que estos animales son "bestias nauseabundas" por el mal sabor y la dureza de su carne, incluso cocida durante mucho tiempo. Otra peculiaridad reseñada por muchos observadores es que el dodó acumula en su nido piedras para ingerirlas postriormente. Al final del artículo volveré a incidir sobre estos dos hechos, aparentemente inconexos.
El dodó de Isla Reunión se diferenciaba del de Isla Mauricio en el color: era más claro, quizás una forma albina (Linneo lo llamó Didus borbonicus, en referencia a su lugar de origen).
El dodó de la Isla Rodrigues, o “solitario de Rodrígues” (Didus solitarius o Pezophaps solitaria) al contrario que su pariente de Mauricio, tenía “un sabor admirable” (según Françoise Leguat, un viajero francés del siglo XVII, autor de “Los naúfragos de Dios”). El dodó de Mauricio se extinguió en 1681 (tampoco hay rastros de sus parientes de Reunión y Rodrigues) y de su paso por el mundo apenas quedaron unos cuantos restos disecados en algunos museos de Historia Natural. Lewis Carroll publicó “Alicia en el País de las Maravillas” en 1865: el dodó que protagoniza la divertida carrera en la que todos ganan pudo inspirarse en el ejemplar conservado en el Museo de Oxford. (Se dice que Carroll, cuyo verdadero apellido era Dogson, tartamudeaba y se presentaba como “Do… Do… Dogson": de ahí su simpatía por el ave extinta). Por cierto, del ejemplar disecado de Oxford sólo se conserva una pata y el cráneo, rescatados de la basura donde fueron a parar en el transcurso de una limpieza, en 1775.



El recuerdo del dodó aun conoció otro momento de gloria cuando un tenaz maestro de Mauricio, George Clark, en 1865 encontró numerosos restos óseos, tras años de infructuosa búsqueda; el paraje donde fueron hallados fue un pantano casualmente llamado “Charca de los Sueños”. Los huesos fueron enviados a Inglaterra y estudiados por el reputado zoólogo Richard Owen, quien fue el primero en hacer un estudio zoológico y sistemático de la especie: la situó en el orden de las columbiformes, junto a las palomas y las tórtolas.
La historia del ave extinguida (seguramente por la presión humana: sus nidadas eran devoradas por los perros y los cerdos) ha generado mucha literatura científica a lo largo del siglo XX y aun en el corto XXI. Lo último que he podido saber es que el zoólogo Andrew Kitchener, en 1993, realizó una detalladísima y concienzuda reconstrucción anatómica y que, según una teoría de la científica francesa Fanny Cornault, el mal sabor de su carne se debía a que el dodó complementaba su dieta, en época de cría, con huevos de tortuga (¡y éstas eran las famosas piedras de los antiguos observadores!).
La supuesta estupidez del dodó no es sino el reflejo de nuestra verdadera torpeza en lo que a conservacionismo y extinción de especies se refiere. “¿Y por qué no había de extinguirse este pájaro idiota, este error de la naturaleza?” se preguntaría, quizás, Buffon. La respuesta es muy sencilla: por el mero hecho de existir, tenía derecho a seguir existiendo. Es una cuestión de “ecoética”. En las Islas Mauricio se recuerda al dodó en los sellos, en cientos de souvenirs para turistas, en el logo de la cerveza nacional… Pero uno no puede evitar la desazón y mucha tristeza al saber que jamás volveremos a ver un dodó vivo. Quizás por haber aprendido esto ha desaparecido de mi rostro la sonrisa que lucía hace veintitantos años.



9 comentarios:

AlexV14 dijo...

Que joven sales en la foto! jeje
Saludos!

Marian dijo...

Antonio, definitivamente, eres un valiente.

El pajarraco es impresionante... y tu artículo, también. Otra muestra de tu inagotable curiosidad. Se te habrá quitado la sonrisa, pero no las ganas de aprender...

Marian dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Carlos dijo...

Antonio, eres un monstruo... Es cierto que nos reíamos... Y espero que nos sigamos riendo mucho más tiempo.
¿sabes si el dodo de los jesuitas era una reconstrucción o era disecado?

¿Te acuerdas de la foto de Mercedes con los cuernos del watusi detrás? Ja, ja... (fueron premonitorios...Ja,ja,ja)

Tomás dijo...

Antonio que preciosidad de historia, ya sabes lo que dice el Dalai Lama. "el pasado vuelve a visitarnos siempre". Siempre tenemos que quedarnos con los momentos en que hemos sido felices, los otros ¡a la basura¡. No merecen la pena.Otra vez una preciosa historia.

Antonio dijo...

Gracias Tomás, Marian, Alex... Me alegro de que os haya gustado.

¡Juancar, tío, cómo te clavas! No creo que lea el artículo, pero... (eres malo, ¿eh?)

Anónimo dijo...

Antonio, la isla de la Reunión tiene la imagen del dodo en todas partes, incluso a la cerveza la llaman "une dodó" por el dibujo de la etiqueta y, por cierto, está buenísima.
Sí que estás joven en la foto, sí, y también me traen recuerdos esos años ...
Bsss desde Toledo. Carmen

Antonio dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Antonio dijo...

Gracias, Carmen... ¡Ah, es verdad! Estuvisteis el año pasado en las Mauricio... ¡Qué envidia!
Por cierto, para no alargar mucho el artículo, he guardado en el tintero otra historia relacionada con los dodós... ¡y las estrellas! Ayes estuve en el planetario del Museo de las Ciencias de Cuenca y la recordé... Voy a escribirla: la colgaré aquí un día de estos.