BELLO ADN
Desde Siberia hasta las Malvinas
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Antonio
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Cuando era estudiante de Bachillerato, mi profesora de Biología me obligó a leer "La Doble Hélice", de James D. Watson. Ese libro cambió la visión (bastante turbia, por cierto) del futuro que me abría sus puertas y opté por estudiar Ciencias Biológicas en lugar de Medicina, como era mi intención. Fue una opción arriesgada y de poco éxito entre mi familia, que preferían tener entre los suyos a un eminente doctor antes que a un bichólogo. Con la perspectiva de los años, creo que estudiar Biología ha sido uno de los aciertos más grandes de mi vida y por ello siempre estaré agradecido al Dr. Watson (entre otras personas). Pero he oído hablar mucho de la trayectoria profesional del honesto Jim, mote con que él mismo se bautizó y que usan, con bastantes dosis de sorna y un pelín de mala leche, sus colegas y conocidos (el científico Edward Wilson se refiere a él llamándolo "la persona más desagradable que he conocido jamás"). Por ejemplo, honesto fue cuando describió, con una cruel mordacidad, de la que ha hecho gala en otras ocasiones, el agrio carácter, la supuesta incompetencia y la antipatía que le producía Rosalind Franklin, la famosa biofísica sin cuyo trabajos Watson no habría ganado el Premio Nobel. Honesto ha sido toda su vida: siempre ha dicho lo que pensaba, sin morderse la lengua... Y sin pensarlo dos veces.
El último comentario del honesto Jim (en realidad esta tesis ya la había defendido en anteriores ocasiones, aunque ahora haya tenido más eco mediático) es que "los africanos son menos inteligentes que los occidentales". Y, según él, si todos los planteamientos éticos, políticos, económicos... se basan en que esto es falso, los pobres negritos nunca van a levantar cabeza porque siempre van a jugar en inferioridad de condiciones.
Un amigo mío que es matemático y está especializado en Estadística me dijo en una ocasión que si, al encargar un estudio estadístico a una empresa, les dices previamente qué conclusiones quieres obtener, te apañan los datos para que dichas conclusiones sean irrefutables. Puedes demostrar que los caracoles son más veloces que los guepardos, que las hienas tienen el cuello más largo que las jirafas o que las moscas no vuelan tan rápido como las lombrices de tierra... También es fácil demostrar que los negros son menos inteligentes que los blancos (o sea, que la media de sus coeficientes intelectuales es inferior): basta con escoger una población de negros de los suburbios de una ciudad ignota en un país subdesarrollado y compararla con una población de blancos escogidos a la salida de un congreso internacional sobre "Análisis Estocásticos de los Procesos de Inversión". Así cualquiera.
En un reciente viaje a Cerdeña, conocí a un senegalés que vendía ropa, pañuelos de colores y figuritas de cerámica por la playa del Poetto, en Cagliari. El hombre había aprendido a hablar el dialecto sardo en pocas semanas, incluso antes que el italiano: era un modo inteligente de aproximarse a la gente, de ser simpático, de vender más. Mi amigo Glauco se rindió al juego inteligente del senegalés y le compró una camisa y un pantalón estampados con motivos étnicos de vivos colores negros, amarillos y verdes. Ahora que veo las fotos de Glauco vestido de senegalés, durante aquella memorable velada en su casa de Serrenti, con su esposa y sus amigos, mientras cantábamos canciones de De André, Battiato o Pink Floyd, entre vino vernaccia y crema de mirto, pienso con tristeza que el honesto Jim ha perdido una gran oportunidad: la de callarse.
Según mi amigo matemático, también se puede demostrar que los científicos laureados con el Premio Nobel, cuando envejecen, se vuelven unos redomados majaderos: en la población de muestreo, n=1
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Antonio
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La ley de Dalton abrió el camino para la invención de la formulación sistematizada (representar cada molécula con los símbolos de los elementos químicos de que está compuesta, indicando con subíndices el número de átomos de cada uno) y le sirvió a él mismo para proponer, unos años más tarde, su modelo del átomo: unidad indivisible e indeformable de materia; Dalton concibió acertadamente que una sustancia pura estaría formada por un elevadísimo número de átomos, todos con idénticas propiedades y masa. Lógicamente, sustancias puras distintas estarían formadas por átomos distintos (con diferentes masas y propiedades). En el curso de una reacción química, Dalton supuso que los átomos de diversas sustancias se combinan entre ellos para dar una sustancia diferente, pero conservándose siempre la masa (como ya demostró el francés Lavoisier antes de perder la cabeza). Aunque el modelo atómico de Dalton es en realidad un esbozo muy simple de lo que luego se ha revelado como un sistema muy complejo, no se le puede negar el mérito propio del pionero. Su obra “Nuevo sistema de filosofía química” es una joya entre los clásicos de la literatura científica."En el otoño de 1792, accidentalmente, pude percatarme de una anomalía en mi visión; al observar el color del geranio a la luz de una vela, percibía la flor como de color rosa, aunque a la luz del día se mostraba azul celeste. Era sorprendente este cambio: cuando la iluminaba con la vela desaparecían los tonos azules y a mi vista parecía de un color tan distinto como el rojo. Invité a algunos amigos a contemplar el curioso fenómeno y, para mi sorpresa, nadie apreció el cambio de coloración: para todos la flor tenía, prácticamente, el mismo color con luz natural que con la luz de la vela. Mi hermano, sin embargo, veía igual que yo. Evidentemente nuestra visión no era como la de los demás."

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Mira que a mí no me gusta decir palabrotas, que yo soy muy educado... De pequeño me enseñaron a hacer buen uso del lenguaje, a hablar (y escribir) con corrección; creo que aprendí bien la lección y siempre he intentado practicar las buenas formas lingüísticas... A veces se me escapa un "gilipollas" o nuestro más castizo "tontolpijo", pero siempre en foros coloquiales y con gente con quien tengo suficiente confianza. No es que critique el uso de las palabras malsonantes o tabúes: si están bien colocadas, cumplen su función; lo que critico es el abuso que, al hacer de ellas, irremediablemente lleva a la vulgaridad.
La exquisita traducción es de Angel Crespo (Premio Nacional de Traducción)
La escultura "El Conde Ugolino y sus Hijos" de Jean Baptiste Carpeaux (1827-1875), está en el Museo d'Orsay, en París. Sólo por pasar tres o cuatro horas en este Museo, antigua estación de ferrocarril, ya merece la pena una visita a la Ciudad de la Luz: la colección de impresionistas, las esculturas, las artes decorativas... Todo en un espacio luminoso, amplio, en absoluto agobiante. A mi me impresionó, sobre todo, esta escultura: Ugolino, desesperado por el hambre, se muerde las manos y sus hijos, creyendo que se autodevora, le gritan y suplican que los coma a ellos... ¡Qué escena tan dramática! No en vano, Carpeaux es, a mi juicio, heredero del manierismo de Miguel Ángel o de Bernini. Hay mucho estudio en esta composición que recuerda al "Laocoonte y sus hijos"... De Carpeaux es también el relieve "La Danza" que adorna la fachada del Palacio Garnier, la Ópera de París.
Y, ahora, la parte científica del artículo. En el año 2001 arrancó un curioso proyecto de investigación consistente en buscar los huesos de Ugolino, de sus hijos y de sus nietos y determinar mediante las oportunas pruebas de ADN si, efectivamente, el viejo conde -tendría unos 80 años cuando murió- comió carne de sus descendientes. El programa (¡ironías de la historia!) fue patrocinado y avalado conjuntamente por el estado (Ayuntamiento y Universidad de Pisa, Ministerio de Cultura) y por la iglesia (Diócesis de Pisa). El proyecto, en el que participaron paleonutrólogos, paleontólogos, forenses, arqueólogos, genetistas..., se basa en que, al parecer, algunos huesos (las costillas, por ejemplo) conservan un "rastro genético" de la comida que el difunto ingirió en los últimos días de su vida.
Se consiguió dar con los restos de Ugolino y de su prole, sepultados en la capilla familiar, en Pisa: los análisis genéticos determinaron que no practicó el canibalismo. Si ese fue su pecado, ¿debería salir del Infierno y trasladarse al Paraíso? ¡Necesitamos otro Dante!
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Antonio
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