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jueves, noviembre 15, 2007

BELLO ADN



Desde que Watson y Crick descubrieron e hicieron comprensible para el gran público la estructura tridimensional del ADN, son miles las reproducciones que de esta molécula se han hecho con fines artísticos, divulgativos, propagandísticos... El avance de las nuevas tecnologías ha hecho que los modelos sean cada vez mas bellos, perfectos, con una increíble sensación de cercanía y tangibilidad -cuando, en realidad, nada más lejos del alcance de nuestros dedos que una molécula cuyas dimensiones se miden en nanómetros -. Hoy en día, la doble hélice del ADN constituye un icono de la civilización tecnológica y tecnocrática que hemos creado: nacida para ser comprendida, ahora nos comprende a todos...
Señoras y señores, con ustedes...¡La danza del ADN!

jueves, octubre 18, 2007

SOBRE EL HONESTO JIM


Cuando era estudiante de Bachillerato, mi profesora de Biología me obligó a leer "La Doble Hélice", de James D. Watson. Ese libro cambió la visión (bastante turbia, por cierto) del futuro que me abría sus puertas y opté por estudiar Ciencias Biológicas en lugar de Medicina, como era mi intención. Fue una opción arriesgada y de poco éxito entre mi familia, que preferían tener entre los suyos a un eminente doctor antes que a un bichólogo. Con la perspectiva de los años, creo que estudiar Biología ha sido uno de los aciertos más grandes de mi vida y por ello siempre estaré agradecido al Dr. Watson (entre otras personas). Pero he oído hablar mucho de la trayectoria profesional del honesto Jim, mote con que él mismo se bautizó y que usan, con bastantes dosis de sorna y un pelín de mala leche, sus colegas y conocidos (el científico Edward Wilson se refiere a él llamándolo "la persona más desagradable que he conocido jamás"). Por ejemplo, honesto fue cuando describió, con una cruel mordacidad, de la que ha hecho gala en otras ocasiones, el agrio carácter, la supuesta incompetencia y la antipatía que le producía Rosalind Franklin, la famosa biofísica sin cuyo trabajos Watson no habría ganado el Premio Nobel. Honesto ha sido toda su vida: siempre ha dicho lo que pensaba, sin morderse la lengua... Y sin pensarlo dos veces.

El último comentario del honesto Jim (en realidad esta tesis ya la había defendido en anteriores ocasiones, aunque ahora haya tenido más eco mediático) es que "los africanos son menos inteligentes que los occidentales". Y, según él, si todos los planteamientos éticos, políticos, económicos... se basan en que esto es falso, los pobres negritos nunca van a levantar cabeza porque siempre van a jugar en inferioridad de condiciones.

Un amigo mío que es matemático y está especializado en Estadística me dijo en una ocasión que si, al encargar un estudio estadístico a una empresa, les dices previamente qué conclusiones quieres obtener, te apañan los datos para que dichas conclusiones sean irrefutables. Puedes demostrar que los caracoles son más veloces que los guepardos, que las hienas tienen el cuello más largo que las jirafas o que las moscas no vuelan tan rápido como las lombrices de tierra... También es fácil demostrar que los negros son menos inteligentes que los blancos (o sea, que la media de sus coeficientes intelectuales es inferior): basta con escoger una población de negros de los suburbios de una ciudad ignota en un país subdesarrollado y compararla con una población de blancos escogidos a la salida de un congreso internacional sobre "Análisis Estocásticos de los Procesos de Inversión". Así cualquiera.

En un reciente viaje a Cerdeña, conocí a un senegalés que vendía ropa, pañuelos de colores y figuritas de cerámica por la playa del Poetto, en Cagliari. El hombre había aprendido a hablar el dialecto sardo en pocas semanas, incluso antes que el italiano: era un modo inteligente de aproximarse a la gente, de ser simpático, de vender más. Mi amigo Glauco se rindió al juego inteligente del senegalés y le compró una camisa y un pantalón estampados con motivos étnicos de vivos colores negros, amarillos y verdes. Ahora que veo las fotos de Glauco vestido de senegalés, durante aquella memorable velada en su casa de Serrenti, con su esposa y sus amigos, mientras cantábamos canciones de De André, Battiato o Pink Floyd, entre vino vernaccia y crema de mirto, pienso con tristeza que el honesto Jim ha perdido una gran oportunidad: la de callarse.

Según mi amigo matemático, también se puede demostrar que los científicos laureados con el Premio Nobel, cuando envejecen, se vuelven unos redomados majaderos: en la población de muestreo, n=1

jueves, febrero 15, 2007

SOBRE DALTON

Casualmente, y por distintas razones, el nombre de Dalton ha sonado en las clases de 1º , 3º y 4º de ESO, y en la de 2º de Bachillerato. No es extraño, no obstante, dado que este científico del siglo XVIII y XIX era un hombre muy polifacético y, como podréis comprobar por su biografía, su compromiso con la ciencia trascendió las fronteras de la muerte.
En la clase de 1º de ESO, (la de mis neutrinos, a los que no me refería desde hace unos cuantos artículos) estamos estudiando la estructura del átomo; en 3º hemos hablado de la ceguera para los colores, enfermedad que se conoce como "daltonismo"; en 4º expliqué por qué esa enfermedad es hereditaria y ligada al sexo; finalmente, en 2º de bachillerato... Al final os comentaré cómo surgió el nombre de John Dalton.
Nació en Eaglesfield (Inglaterra) en 1766, en el seno de una familia de cuáqueros (una especie de secta religiosa cuyos miembros practican el pacifismo y la no violencia y viven en la secillez y la humildad más extremas), doctrina a la que Dalton fue fiel durante toda su vida. Fue primero agricultor y luego maestro (enseñaba matemáticas, historia natural y física a niños de educación primaria), pero ante todo fue un curioso observador de los fenómenos naturales y un avezado experimentador (si bien su carácter autodidacta y su alejamiento de los círculos "oficiales" de la ciencia hacían su metodología algo heterodoxa). Una muestra de ese afán científico y del rigor en sus experimentos es el hecho de que durante casi 60 años anotase cada día los datos meteorológicos (presión atmosférica, cantidad de lluvia, temperatura). Precisamente su pasión por la meteorología le llevó a formular su Ley de las Presiones Parciales, la Ley de las Proporciones Múltiples (conocida simplemente como Ley de Dalton) y, finalmente, su teoría atómica.


La ley de Dalton abrió el camino para la invención de la formulación sistematizada (representar cada molécula con los símbolos de los elementos químicos de que está compuesta, indicando con subíndices el número de átomos de cada uno) y le sirvió a él mismo para proponer, unos años más tarde, su modelo del átomo: unidad indivisible e indeformable de materia; Dalton concibió acertadamente que una sustancia pura estaría formada por un elevadísimo número de átomos, todos con idénticas propiedades y masa. Lógicamente, sustancias puras distintas estarían formadas por átomos distintos (con diferentes masas y propiedades). En el curso de una reacción química, Dalton supuso que los átomos de diversas sustancias se combinan entre ellos para dar una sustancia diferente, pero conservándose siempre la masa (como ya demostró el francés Lavoisier antes de perder la cabeza). Aunque el modelo atómico de Dalton es en realidad un esbozo muy simple de lo que luego se ha revelado como un sistema muy complejo, no se le puede negar el mérito propio del pionero. Su obra “Nuevo sistema de filosofía química” es una joya entre los clásicos de la literatura científica.


En 1794, unos años antes de que Dalton formulase su famosa ley, presentó en la Sociedad Filosófica y Literaria de Manchester una comunicación titulada "Ensayo sobre el daltonismo", enfermedad que él padecía (también su hermano) y que bautizó con su propio nombre.
"En el otoño de 1792, accidentalmente, pude percatarme de una anomalía en mi visión; al observar el color del geranio a la luz de una vela, percibía la flor como de color rosa, aunque a la luz del día se mostraba azul celeste. Era sorprendente este cambio: cuando la iluminaba con la vela desaparecían los tonos azules y a mi vista parecía de un color tan distinto como el rojo. Invité a algunos amigos a contemplar el curioso fenómeno y, para mi sorpresa, nadie apreció el cambio de coloración: para todos la flor tenía, prácticamente, el mismo color con luz natural que con la luz de la vela. Mi hermano, sin embargo, veía igual que yo. Evidentemente nuestra visión no era como la de los demás."

La enfermedad, conocida también como "ceguera para los colores", consiste en la imposibilidad de distinguir alguno(s) de los tres colores primarios; quienes pueden apreciar sólo dos de ellos son daltónicos dicromáticos y quienes distinguen los tres, pero con una visión anormal de cada uno de ellos, son daltónicos tricromáticos anómalos. Dalton no podía saber que su enfermedad se debía a la presencia de un gen alterado en el cromosoma X (y que, por tanto, heredó por vía materna) y en su afán por buscar una una explicación aventuró que el humor vítreo de sus ojos (el líquido que baña la cámara posterior, detrás del cristalino) estaba teñido de azul en lugar de ser transparente como en las personas de visión normal. Esta pigmentación haría las veces de filtro para la luz solar, absorbiendo la radiaciones de determinadas longitudes de onda antes de que llegaran a la retina.
Como decía al principio, su compromiso con la ciencia y el rigor de sus experimentos era tal que, para comprobar su teoría, dio orden de que, cuando muriese, se le extrajeran los globos oculares y se comprobase el color del humor vítreo. Su ayudante Josph Ransome cumplió con la voluntad del ilustre finado: el humor vítreo era tan transparente como el de cualquier persona con visión normal; el pobre Dalton se fue a la tumba sin tener ocasión de formular una nueva hipótesis...
Ransome decidió conservar los ojos: en la Sociedad Filosófica y Científica de Manchester permanecen todavía, como útimo vestigio de la genialidad y el rigor de John Dalton.

¿Y por qué mencioné a Dalton en la clase de 2º de Bachillerato? Hablábamos del ADN y de los análisis genéticos en medicina forense. Les comenté que en 1995, J. Hunt y J. Molton, biólogos de la Universidad de Cambridge, tomaron una muestra celular de las retinas de Dalton con el fin de estudiar los genes del daltonismo y determinar cuál fue la naturaleza de su visión anómala: tras la extracción y amplificación de las secuencias de ADN con los genes para síntesis de pigmentos relacionados con la visión de los colores, se determinó que Dalton carecía del pigmento verde (era dicromático verde). Seguramente al científico cuáquero le hubiera encantado conocer estos detalles, tan inasequibles en su época.

Dalton recibió en vida fama y honores (sus funerales congregaron a unas 40.000 personas), pero él siempre fue fiel a su humildad y a su austeridad. Una anécdota curiosa: para recibir un doctorado por la Universidad de Oxford de manos del rey Guillermo IV hubo de ser "engañado", si bien con la mejor de las voluntades. Vistió el uniforme de color escarlata de la Universidad -color ostentoso y nada acorde con sus principios cuáqueros- creyendo (a causa de la ceguera para los colores) que vestía de un austero gris...

jueves, enero 25, 2007

¿Y QUIEN COÑO ES EL UGOLINO DE CARPEAUX?

Mira que a mí no me gusta decir palabrotas, que yo soy muy educado... De pequeño me enseñaron a hacer buen uso del lenguaje, a hablar (y escribir) con corrección; creo que aprendí bien la lección y siempre he intentado practicar las buenas formas lingüísticas... A veces se me escapa un "gilipollas" o nuestro más castizo "tontolpijo", pero siempre en foros coloquiales y con gente con quien tengo suficiente confianza. No es que critique el uso de las palabras malsonantes o tabúes: si están bien colocadas, cumplen su función; lo que critico es el abuso que, al hacer de ellas, irremediablemente lleva a la vulgaridad.
En mi comentario "Sobre la desesperación", un anónimo (se trata de una alumna de 4º) preguntaba "quién coño es el ugolino de carpaux". En este caso, he de admitir que ese "coño" está muy bien puesto: enfatiza tanto la forma (la cuestión en sí) como el fondo (la desesperación de la alumna). Puedo responder a la cuestión, me apetece hacerlo. Y espero que satisfaga la curiosidad, que estimule el afán de saber, de conocer, de leer... Así quizás también contribuya a intentar remediar el fondo.











El conde Ugolino della Gherardesca fue un güelfo del siglo XIII. Los "güelfos" (una especie de partido político de la época) abogaban por el poder de la Iglesia Católica mientras que los "gibelinos" pensaban que la Iglesia debía someterse al poder del Emperador. Ambos grupos, opuestos claramente, tuvieron como principal escenario de sus enfrentamientos, escaramuzas, intrigas y batallas la Toscana italiana: Florencia, Pisa, Siena... Lo cierto es que el Conde Ugolino nació en el seno de una familia gibelina (como era propio de la nobleza), pero sus intereses hicieron que traicionase a este partido: fue, si se me permite lo anacrónico de la expresión, un chaquetero medieval. Por su traición fue condenado a morir de hambre, encerrado en una torre, junto a sus hijos y nietos. Según la leyenda, la desesperación por el hambre hizo que se comiese a sus hijos y así ha pasado a la Historia, como un caníbal.

Al morir, Ugolino fue al infierno, tenemos un testimonio de ello: Dante Alighieri, en su Divina Comedia, se encuentra con el desventurado conde, quien le narra la muerte de sus hijos, a causa del hambre, y cómo él, desesperado, comió los cadáveres.

Cuando un rayo de sol ya estaba entrando
en la cárcel, mi aspecto suponía
por los cuatro que estaba contemplando;

por el dolor, las manos me mordía;
y ellos así me hablaron, pues movido
por el hambre creyeron que lo hacía:

"Menos nos dolerá, padre querido,
si nos comes; de carne nos vestiste
y puedes desnudar lo que has vestido".

Por no apenarlos me calmaba, triste;
un día y otro mudos estuvimos.
"¡Ay!, ¿por qué, cruel tierra no te abriste?"

Así hasta el día cuarto transcurrimos,
y a mi pies Gado se arrojó gritando:
"¡Oh, padre, ayúdanos porque morimos!".

Allí murió; como me estás mirando,
a los tres vi morir, uno por uno,
entre el quinto y es sexto, y delirando

y ciego ya, cuando tocaba a alguno
de los cuatro, aunque muerto, le llamaba;
después, más que el dolor pudo el ayuno.


La exquisita traducción es de Angel Crespo (Premio Nacional de Traducción)

La escultura "El Conde Ugolino y sus Hijos" de Jean Baptiste Carpeaux (1827-1875), está en el Museo d'Orsay, en París. Sólo por pasar tres o cuatro horas en este Museo, antigua estación de ferrocarril, ya merece la pena una visita a la Ciudad de la Luz: la colección de impresionistas, las esculturas, las artes decorativas... Todo en un espacio luminoso, amplio, en absoluto agobiante. A mi me impresionó, sobre todo, esta escultura: Ugolino, desesperado por el hambre, se muerde las manos y sus hijos, creyendo que se autodevora, le gritan y suplican que los coma a ellos... ¡Qué escena tan dramática! No en vano, Carpeaux es, a mi juicio, heredero del manierismo de Miguel Ángel o de Bernini. Hay mucho estudio en esta composición que recuerda al "Laocoonte y sus hijos"... De Carpeaux es también el relieve "La Danza" que adorna la fachada del Palacio Garnier, la Ópera de París.


Y, ahora, la parte científica del artículo. En el año 2001 arrancó un curioso proyecto de investigación consistente en buscar los huesos de Ugolino, de sus hijos y de sus nietos y determinar mediante las oportunas pruebas de ADN si, efectivamente, el viejo conde -tendría unos 80 años cuando murió- comió carne de sus descendientes. El programa (¡ironías de la historia!) fue patrocinado y avalado conjuntamente por el estado (Ayuntamiento y Universidad de Pisa, Ministerio de Cultura) y por la iglesia (Diócesis de Pisa). El proyecto, en el que participaron paleonutrólogos, paleontólogos, forenses, arqueólogos, genetistas..., se basa en que, al parecer, algunos huesos (las costillas, por ejemplo) conservan un "rastro genético" de la comida que el difunto ingirió en los últimos días de su vida.

Se consiguió dar con los restos de Ugolino y de su prole, sepultados en la capilla familiar, en Pisa: los análisis genéticos determinaron que no practicó el canibalismo. Si ese fue su pecado, ¿debería salir del Infierno y trasladarse al Paraíso? ¡Necesitamos otro Dante!