SOBRE EL TIEMPO
-No, Cristina: faltan más de quince minutos para el final de la clase.
-Pero es que yo no aguanto más. Esta clase es un coñazo -dijo poniendo el acento en la eñe.
La Joya de la Corona de este curso se llama Cristina y pertenece al 3º ESO-4. Es repetidora: el curso pasado lo pasó (no me atrevo a escribir 'estudió) en Madrid pero este año su madre se ha venido a vivir a Albacete con su nuevo marido y con dos perlas de 14 y 16 años.
Para Cristina 55 minutos es un Everest. Llevo en esta profesión casi 20 años: ¿cuántos Himalayas se han conquistado? ¿Cuántos fracasados intentos de abordaje? ¿Cuánta euforia en las cumbres? Y siguen viniendo adolescentes: unos, como Cristina, arrastrando su tedio; otros haciendo gala de su rebeldía; los más fluyen como mansos arroyos pero algunos son briosos conquistadores. En las esquinas del tiempo te encuentras con Fulanito que ya es cardiólogo en el Val d'Hebron, con Menganito que ha publicado su tesis doctoral (algo infumable sobre el cine, el tardofranquismo y las nuevas tecnologías) de la cual te regala un ejemplar dedicado y rubricado ("A mi profesor de Ciencias Naturales, que me enseñó a querer aprender") que le agradezco cortésmente y escondo luego en el baúl de los recuerdos, con Zutanito que es pintor y se ha especializado en hacer estucados venecianos... Tiempo y más tiempo, sin tregua, sin un descanso, sin un momento para detenerse y mirar el horizonte con perspectiva, para estudiar los itinerarios y elegir el más conveniente (o el más inconveniente: lo interesante está en poder elegir). La galopada constante, constante, constante. Pasarán cien años y ahí estarán las nuevas Cristinas, aburridas o expectantes, pasotas o rebeldes. Caerán imperios y se levantarán otros nuevos, polvos del pasado, lodos del futuro. Campearán otros cirujanos, surgirán nuevos pelmazos, llegarán pintores a tomar el relevo.
En Venecia, la ciudad mentirosa que presume de haber escapado de la esclavitud de los relojes, podemos encontrar una preciosa metáfora de ese inacabable trote. Causa vértigo pensar que la ciudad tiene sustancialmente la misma fisonomía desde hace siglos. Pero en los peldaños del ala napoleónica de las Procuratie Nuove podemos admirar un gigantesca ammonita que vivió en un extinto mar que cubría la cercana Istria, murió y cayó al fondo, los sedimentos la cubrieron durante millones de años, la prensaron hasta transformarla en dura roca durante otros miles de años más, durmió ajena al lento oficio de la tectónica, que retiró el agua del mar y convirtió su manso fondo en una fornida cordillera. Desde la cumbre, la vieja ammonita fue testigo del auge y la decadencia de muchos imperios, se ensordeció con el retiemblo de las batallas fragorosas, se adormeció con el rumor sosegado de la milenaria rutina. Y un inhóspito e impreciso día acaballado entre los siglos XVIII y XIX, un cantero anónimo la arrancó de su lecho para depositarla en la centenaria Piazza di San Marco, a los pies del Museo Correr. Desde allí contempla nuevos siglos, bajo el peso de las colillas, las cagadas de palomas, los vasos de plástico y los culos de los turistas... Quizás no sea su último destino.
El vértigo del tiempo... Aprovechadlo, Cristinas, ¡es tan fugaz!






