
Cuando era estudiante de Bachillerato, mi profesora de Biología me obligó a leer "La Doble Hélice", de James D. Watson. Ese libro cambió la visión (bastante turbia, por cierto) del futuro que me abría sus puertas y opté por estudiar Ciencias Biológicas en lugar de Medicina, como era mi intención. Fue una opción arriesgada y de poco éxito entre mi familia, que preferían tener entre los suyos a un eminente doctor antes que a un bichólogo. Con la perspectiva de los años, creo que estudiar Biología ha sido uno de los aciertos más grandes de mi vida y por ello siempre estaré agradecido al Dr. Watson (entre otras personas). Pero he oído hablar mucho de la trayectoria profesional del honesto Jim, mote con que él mismo se bautizó y que usan, con bastantes dosis de sorna y un pelín de mala leche, sus colegas y conocidos (el científico Edward Wilson se refiere a él llamándolo "la persona más desagradable que he conocido jamás"). Por ejemplo, honesto fue cuando describió, con una cruel mordacidad, de la que ha hecho gala en otras ocasiones, el agrio carácter, la supuesta incompetencia y la antipatía que le producía Rosalind Franklin, la famosa biofísica sin cuyo trabajos Watson no habría ganado el Premio Nobel. Honesto ha sido toda su vida: siempre ha dicho lo que pensaba, sin morderse la lengua... Y sin pensarlo dos veces.
El último comentario del honesto Jim (en realidad esta tesis ya la había defendido en anteriores ocasiones, aunque ahora haya tenido más eco mediático) es que "los africanos son menos inteligentes que los occidentales". Y, según él, si todos los planteamientos éticos, políticos, económicos... se basan en que esto es falso, los pobres negritos nunca van a levantar cabeza porque siempre van a jugar en inferioridad de condiciones.
Un amigo mío que es matemático y está especializado en Estadística me dijo en una ocasión que si, al encargar un estudio estadístico a una empresa, les dices previamente qué conclusiones quieres obtener, te apañan los datos para que dichas conclusiones sean irrefutables. Puedes demostrar que los caracoles son más veloces que los guepardos, que las hienas tienen el cuello más largo que las jirafas o que las moscas no vuelan tan rápido como las lombrices de tierra... También es fácil demostrar que los negros son menos inteligentes que los blancos (o sea, que la media de sus coeficientes intelectuales es inferior): basta con escoger una población de negros de los suburbios de una ciudad ignota en un país subdesarrollado y compararla con una población de blancos escogidos a la salida de un congreso internacional sobre "Análisis Estocásticos de los Procesos de Inversión". Así cualquiera.
En un reciente viaje a Cerdeña, conocí a un senegalés que vendía ropa, pañuelos de colores y figuritas de cerámica por la playa del Poetto, en Cagliari. El hombre había aprendido a hablar el dialecto sardo en pocas semanas, incluso antes que el italiano: era un modo inteligente de aproximarse a la gente, de ser simpático, de vender más. Mi amigo Glauco se rindió al juego inteligente del senegalés y le compró una camisa y un pantalón estampados con motivos étnicos de vivos colores negros, amarillos y verdes. Ahora que veo las fotos de Glauco vestido de senegalés, durante aquella memorable velada en su casa de Serrenti, con su esposa y sus amigos, mientras cantábamos canciones de De André, Battiato o Pink Floyd, entre vino vernaccia y crema de mirto, pienso con tristeza que el honesto Jim ha perdido una gran oportunidad: la de callarse.
Según mi amigo matemático, también se puede demostrar que los científicos laureados con el Premio Nobel, cuando envejecen, se vuelven unos redomados majaderos: en la población de muestreo, n=1