
El título del primer tema de Ciencias de la Naturaleza en 1º de ESO es “La materia y su medida”: me pareció una buena manera de abordarlo que los electrones desorbitados que tengo por alumnos buscasen en el diccionario el significado de la palabra “materia” para comentarlo en clase posteriormente. La mayoría se ha decantado por la definición clásica: “Sustancia que compone los cuerpos físicos”; algunos han ido más lejos y han añadido “consta de partículas elementales y tiene las propiedades de extensión, inercia y gravitación”. Una niña con cara de lista ha copiado una definición que me vendría como anillo al dedo para explicar el concepto y “entrar en materia”, valga la redundancia. “Realidad espacial y perceptible por los sentidos, que, con la energía, constituye el mundo físico”. Espacial y perceptible: con esas cualidades se comprenderá mejor, pensé, los conceptos de materia y medida. Pero el neutrino de quien ya les hablé, copió del diccionario otra de las acepciones y la ha leído en voz alta:
-Materia: Lo opuesto al espíritu.
Joder con el Carlitos. Soltó su frase al aire viciado del aula (habían tenido Educación Física en la hora anterior) y me miró desafiante, como diciéndome “a ver cómo sales ahora de esa”. La definición se las trae, pero… ¿cómo iba yo a entrar en esas honduras filosóficas y metafísicas con niños de doce o trece años y en una asignatura de naturaleza tan empírica? Apesadumbrado y admitiendo mi derrota frente al neutrino, le dije en un susurro:
-Bueno… Ya estudiarás eso en cursos posteriores…
Espacial y perceptible: esas son las cualidades esenciales de la materia. Para ilustrarlas, en el libro de texto (Editorial OXFORD) hay una fotografía de un fragmento de mármol junto a otra del
David de Miguel Ángel. Los dos son materia, los dos son la misma materia: una roca llamada mármol. Los dos tienen las mismas propiedades: composición, densidad, brillo…
-Vaya mierda de polla tiene ese Miguel Ángel.
Aunque lo dijo flojito, la voz de Óscar, orondo repetidor y eterno graciosote, se alzó sobre las cabezas de sus compañeros que estallaron en una carcajada. El asunto se me escapaba de las manos una vez más.
-La verdad es que no es gran cosa –admití uniéndome al enemigo, ya que no me veía capacitado para vencerlo-: pero al menos has de admitir que es bastante dura.
Risas otra vez.
-Pero Miguel Ángel es el escultor, no el muchacho de la estatua -aclaré-. Ese es David, el que mató al gigante Goliat, un filisteo enemigo de los judíos, con una piedra y una honda.
Casi ninguno conocía la historia de David:otro de los grandes logros de la LOGSE y de sus secuelas... Pero ese asunto merece un capítulo aparte y, tal vez debe ser abordado en un foro diferente a éste. Les narré sucintamente la historia del muchacho que se erigió en rey de los judíos por su hazaña frente a Goliat.
-¿Y por qué está desnudo? –preguntó la pizpireta Lorena desde el fondo del aula.
-Quizás en el siglo XV el desnudo en el arte no escandalizaba tanto o no era motivo de tanta risa. En cualquier caso, yo creo que Miguel Ángel quiso destacar que David venció al gigante sin armas ni armaduras, sólo con el poder de su inteligencia y con su habilidad. En sus ojos se puede ver esa expresión sagaz: le está diciendo entre dientes al imponente guerrero Goliat “tú hazte el chulito, tío: del cantazo entre ceja y ceja que te voy a dar, no te van a quedar ganas de madrugar para venir a tocarnos las narices”. Y en sus manos también se refleja esa tensión, las venas hinchadas, los tendones, la determinación con que sujeta la piedra y la honda…
-¿Y todo eso ha salido de un trozo de mármol?- se interesó mi neutrino Carlos.
-Sí. Es más, de un trozo de mármol que Agostino di Duccio, un escultor anterior a Miguel Ángel, desechó por defectuoso.
Casi inmediatamente me arrepentí de mi arranque de pedantería. El verano pasado leí "La Agonía y el Éxtasis", la novelada biografía del escultor flotentino, de Irving Stone, de modo que el dato lo tenía reciente en la memoria.
Carlos mira de nuevo la foto del David en su libro. Luego, disimuladamente, tacha su definición de materia: sin saberlo, se ha dado cuenta de que, al menos en esta escultura, materia y espíritu no son opuestos sino consustanciales. También sin saberlo, ha aprendido que los maniqueísmos desechan los sutiles matices que enriquecerían cualquier punto de vista.
Esta vez, empate: Neutrino, 1 – Profesor, 1.