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domingo, febrero 10, 2008

Sobre Mary Anning

Las calzadas romanas, a decir de los entendidos, eran prodigios de ingeniería. Sobre un lecho convenientemente preparado, se colocaban las grandes losas que constituían el cuerpo principal del camino. Después se rellenaba con cantos menores y, por último, con grava hasta conseguir una superficie transitable, suficientemente firme y practicable. Me sirve esta pequeña introducción para hacer un símil con los caminos ("long and winding") de la Historia de las Ciencias Naturales. Hombres de enorme peso específico son como las losas principales: Humboldt, Darwin, Cuvier, Lamarck, Buffon, Wallace, Mendel... Cada uno de ellos, a veces desde posiciones encontradas, ocupa un lugar de privilegio en la conquista del conocimiento y del descubrimiento de la naturaleza. Las aportaciones de otros hombres es más modesta: son guijarros de relleno personalidades como Celestino Mutis, Charles Lyell o Ernst Haeckel (perdón por introducir el azar en la elección de nombres: si hubiese sido meditada habría requerido un tiempo extra del que, desgraciadamente, no dispongo).

Nótese que las grandes losas y los cantos menores son siempre hombres: ninguna mujer, al menos hasta el siglo XX, encontramos en el lecho fundamental del camino (la discriminación y el rol tradicional femenino -si es que existió algo llamado así- de la mujer en la cultura occidental tienen la culpa, lo sé: pero los tiempos están cambiando y las mujeres, afortunadamente, están recuperando el tiempo perdido).

Este artículo pretende ser un homenaje a una de las pocas pioneras en el ámbito de las Ciencias de la Naturaleza. Su nombre es apenas conocido, su historia no interesa sino a unos cuantos curiosos, la huella de su estela se esfuma en un trabalenguas ("she sells sea-shells on the sea shore")... Un pequeño chinarro en la grava del camin
o. Pero, qué duda cabe, piedrecillas como ésta dan la estabilidad necesaria a las mayores.

Mary Anning, nacida con el siglo XIX en una localidad costera del sur de Inglaterra, tiene el privilegio (no reconocido) de ser la madre de la moderna paleontología. Como en una historia de superhéroes, se cuenta que su perspicacia y su agudísima inteligencia le fueron inculcadas por un rayo que le cayó cuando tenía poco más de un año y que mató a su niñera. Toda la buena suerte que el destino le tenía reservada debió agotarse con este
hecho porque lo cierto es que la vida de Miss Anning fue dura y difícil. Nacida en el seno de una familia humilde, Mary fue una mujer autodidacta, y este es uno de los aspectos más extraordinarios de su biografía: sin más formación académica que algunos libros de geología, sin maestros relevantes, sin contacto con los ambientes universitarios que marcaban las pautas de la ortodoxia científica, recolectó fósiles, descubrió especies extintas (entre sus mayores logros se cuenta el haber reconstruído con exquisita habilidad y pericia los primeros ejemplares conocidos de ictiosarurio y el descubrir para la ciencia al plesiosaurio). Pudo combinar, y en esto sí que tuvo suerte, la afición con el oficio: los fósiles que recolectaba se vendían muy bien como "rarezas naturales" a los coleccionistas que a ella acudían...
Pero al fin y al cabo, para la sociedad victoriana, instalada en el más férreo clasismo, Mary Anning nunca dejó de ser una nota pintoresca, una anécdota curiosa. Sólo al final de su vida su gran fama -que no sus méritos, como hubiese sido de justicia- le valieron una pensión para acabar dignamente sus días.
Desde detrás del lienzo, los ojos curiosos de Mary Anning nos llaman: con el dedo índice de su mano izquierda nos invita a desentrañar los secretos de la naturaleza (materializados en forma de gran ammonita); el piolet y la cesta de su brazo derecho significan el trabajo, la constancia y el tesón. Sólo le faltaba un sexo distinto para alcanzar la cumbre.

martes, marzo 06, 2007

SOBRE LA BELLEZA

¡Y pensar que estuvieron vivos, que hacían la fotosíntesis, que horadaban sus cortezas insectos de mil especies...! Fueron árboles, enhiestos, órgullosamente erguidos, bellos como torres de Babel vegetales: hoy son sus almas petrificadas.
Pero son la prueba de que, como la materia o la energía, la belleza no se destruye: sólo se transforma...



viernes, febrero 16, 2007

SOBRE LA GEOLOGÍA DE ANTES...

Una alumna de 2º de bachillerato, que se está planteando comenzar la licenciatura de Biológicas el próximo curso, me preguntaba hace unos días qué asignatura de la carrera me gustó menos y cuál más. Respondí sin dudarlo: odiaba la Geología y me fascinó el mundo de los invertebrados (artrópodos y no artrópodos). Sin embargo, rumiando después mi respuesta -y ayudado por la presentación de Tomás sobre las formas del relieve- recordé cómo, a pesar de mi reticencia y de mi odio visceral, la Geología llegó a interesarme y a fascinarme tanto como los bichitos. Tuve muy malos profesores de Geología en la carrera. De cierta profesora recuerdo las uñas negras -cuando hacíamos prácticas de mineralogía- y la baba seca en la comisura de los labios -cuando hablaba y hablaba en un una especie de monólogo autista y aburrido.
"-Las dolomías del turonense resisten más la erosión"
Nos burlábamos de aquella frase, imitando su acento y su tono falto de color y entusiasmo. Los alumnos siempre han sido crueles.
Quizás mi juicio es muy rígido o tal vez la lejanía ha recrudecido mi recuerdo... ¿Sería más benevolente con ella si asistiese ahora a una de sus clases? No sé...
Cuando acabé mi licenciatura tuve que empezar otra carrera: la de hacer cursos y conseguir puntos para labrar un currículum. El primer curso de mi vida de lienciado llevaba por título: "Cuatro itinerarios geológicos: estudio de su idoneidad didáctica en BUP y COU" . Se trataba de un curso práctico: en diferentes fines de semana, seguíamos a un geólogo por la orilla del río Cabriel, por la Sierra Mariola, por las dunas del Saler y las inmediaciones de la Albufera... mientras nos iba mostrando las formas del relieve, la acción geológica del viento o del agua, las huellas del tiempo -un tiempo tan dilatado que daba vértigo pensar en él- sobre los paisajes. Series estratigráficas, pliegues monoclinales, fallas inversas, lapiaces y lenares... Todo cobraba un nuevo sentido. ¿Así que eso era la Geología? ¡Era maravillosa!
Después he hecho más cursos de Geología y, sobre todo, de Paleontología (dónde se daban la mano la Geología, la Zoología, la Botánica, la Evolución...). Los "Cursos de Paleontología en Cuenca", organizados por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, congregaron durante varios años a la flor y nata de los geólogos y paleontólogos españoles y extranjeros (estaban dirigidos por José Luís Sanz y Ángela D. Buscaglioni). En uno de aquellos cursos, contamos con la presencia de Don Bermudo: desde que compartimos con él y con su esposa un par de tardes en la Ciudad Encantada, la Geología (en realidad todas la Ciencias Naturales) tienen un nuevo significado para mí.
Don Bermudo Meléndez fue pionero en el estudio más riguroso y con afán didáctico de la Geología y, especialmente, de la Paleontología en España. Su extenso y brillante currículum, sin embargo, no escondía ni al humanista ni al entregado naturalista. Tendría unos 80 años cuando lo conocí: lo recuerdo con su cazamariposas, persiguiendo a una mariposa ajedrezada mientras trepaba ágilmente por los difíciles peñascos de la Ciudad Encantada, bajo la complaciente mirada de su esposa Isabel...
Como comenzó a soplar una inesperada ventisca, alguien declamó:
"-...viento en popa a toda vela / no corta el mar sino vuela..."
Don Bermudo se giró hacia el rapsoda y le preguntó:
"-Si tenía Asia a un lado, al otro Europa y allá, a su frente, Estambul, ¿dónde estaba "El Temido"?
"-Pues... En... ¿el Bósforo?"
"-¡No!¡En el estrecho de los Dardanelos, entre el Egeo y el Mármara!¡En el Helesponto de los antiguos griegos!"- y ponía tanto entusiasmo en su explicación geográfica e histórica como en la descripción de las dolomías del turonense... (¡qué diferentes de aquellas que estudié en la universidad).
Don Bermudo falleció en 1999 pero la semilla de su buen hacer científico y pedagógico y el recuerdo de su calidad humana siguen tan vivos como las mariposas ajedrezadas que revolotean por la Ciudad Encantada...