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sábado, diciembre 29, 2007

A PROPÓSITO DE LOS BELENES...


Para hacer un belén y cumplir con la antigua tradición sólo se necesitan las figurillas del portal y algún ángel. Un belén con pretensiones artísticas tiene que tener, además, reyes magos y camellos. Los que disponen de espacio pondrán también pastores, caganets, y un sinfín de figuras articuladas, herreros templando en sus fraguas, panaderos amasando y horneando, ganaderos ordeñando a sus cabras o vacas, agricultores labrando... Todo esto, enmarcado en un maravilloso escenario de casas de barro con puertas que se abren y cierran, luces que se encienden y apagan, nubes que descargan agua, ríos con carpines vivos que mueven norias... Allá arriba, en su suntuoso castillo, un herodes malencarado da la terrible orden unos soldados que no dan crédito a sus oídos, pero que obedecen sin rechistar... Mucho han evolucionado los belenes, desde aquellos de mi infancia (cuyos ríos se fabricaban con el brillante "papel plata" que envolvía las tabletas de chocolate y las rocas eran gruesas corteza de pino) hasta estos sofisticados ingenios mecánicos regulados por chips... Pero si algo ha resistido a la evolución -además de la ilusión con que los miran los niños- ha sido el humilde musgo que alfombra los campos de la miniaturizada Belén: extensas praderas de un césped húmedo, verde, brillante y crecido.

El musgo es fácil de conseguir y, en estas fechas, muchas especies ya han desarrollado su esporofito... El último día de clase, puesto que sólo unos pocos alumnos de 2º de ESO vinieron, aprovechamos para ir al laboratorio y mirar con la lupa binocular algunos musgos que cogí en el patio. Antes, tuve que explicarles la biología de estas plantas: los más despabilados se asombraron al saber que el ciclo vital completo consta de dos generaciones...

La parte más visible, verdosa y con aspecto de plantita de hojas minúsculas es el "gametofito". En muchas especies hay gametofitos masculinos y femeninos separados. En el extremo de estas plantitas se desarrollan los "gametangios" (anteridios masculinos y arquegonios femeninos), los órganos donde se producen las células reproductoras (espermatozoides y oosferas).





Cuando los espermatozoides fecundan a las oosferas (nadando en las gotitas de agua de rocío o gracias a las salpicaduras producidas por la lluvia), el cigoto da lugar a una nueva generación, el esporofito (que es diploide y crece en el ápice del gametofito, como una especie de parásito suyo).



El esporofito desarrolla en su parte apical una cápsula, en cuyo interior se producen, tras la oportuna meiosis, unas esporas haploides. Cuando se abra la cápsula y se liberen, estas esporas aguardarán a las condiciones ambientales adecuadas para germinar y producir los gametofitos, completándose así el ciclo...


¿Curioso verdad?

¡Felices fiestas!



Ah! Se me olvidaba...

La imagen del belén napolitano fue publicada por la revista FMR en 1990. Las imágenes del ciclo del musgo están tomadas de la web de la Universidad de Oviedo; las ilustraciones pertenecen al catedrático de Botánica Tomás E. DÍAZ GONZÁLEZ y constituyen una exquisita obra de arte, hechas con mimo y con un impagable afán pedagógico: a la antigua usanza).


martes, diciembre 04, 2007

SOBRE LOS CONCURSOS

He pensado que, en vez de mandar un trabajo largo y aburrido para estas vaciones, podía plantear a mis alumnos un concurso.

Para los alumnos de 2º de Bachillerato, alejándome todo lo que pueda de la polémica reciente, les he encargado que lean "La Doble Hélice" de J. Watson y que realicen sobre este libro un trabajo. No se trata de hacer un resumen del libro, sino de algo personal donde quede claro que lo han leído, que lo han entendido y que pueden hablar -¡incluso opinar!- sobre él. Les he hecho algunas sugerencias de trabajos originales, pidiéndoles, por supuesto, que hagan otra cosa distinta: una carta al autor, un final alternativo, un comic, el guión de un cortometraje... Espero que me sorprendan.


A los alumnos de 1º de Bachillerato les propongo una actividad distinta. Que lean el siguiente texto, que nos servirá como introducción a la Biología, y que, inspirándose en el mismo, realicen un dibujo: un gran dibujo, lleno de color y de vida que servirá como base para elaborar un póster... Veremos qué nos traen en enero...




(Soy consciente de que el texto tiene cierta complejidad y que seguramente no es el más adecuado para el nivel de 1º de Bachillerato -además, presenta ciertos defectos de forma y algún que otro párrafo engorroso, atribuible sobre todo a la mediocre traducción-: sin embargo lo he elegido porque me parece que ofrece unas posibilidades plásticas muy interesantes y porque no quiero subestimar a mis alumnos: seguro que sacan buen partido de esta actividad...).

jueves, octubre 18, 2007

SOBRE EL HONESTO JIM


Cuando era estudiante de Bachillerato, mi profesora de Biología me obligó a leer "La Doble Hélice", de James D. Watson. Ese libro cambió la visión (bastante turbia, por cierto) del futuro que me abría sus puertas y opté por estudiar Ciencias Biológicas en lugar de Medicina, como era mi intención. Fue una opción arriesgada y de poco éxito entre mi familia, que preferían tener entre los suyos a un eminente doctor antes que a un bichólogo. Con la perspectiva de los años, creo que estudiar Biología ha sido uno de los aciertos más grandes de mi vida y por ello siempre estaré agradecido al Dr. Watson (entre otras personas). Pero he oído hablar mucho de la trayectoria profesional del honesto Jim, mote con que él mismo se bautizó y que usan, con bastantes dosis de sorna y un pelín de mala leche, sus colegas y conocidos (el científico Edward Wilson se refiere a él llamándolo "la persona más desagradable que he conocido jamás"). Por ejemplo, honesto fue cuando describió, con una cruel mordacidad, de la que ha hecho gala en otras ocasiones, el agrio carácter, la supuesta incompetencia y la antipatía que le producía Rosalind Franklin, la famosa biofísica sin cuyo trabajos Watson no habría ganado el Premio Nobel. Honesto ha sido toda su vida: siempre ha dicho lo que pensaba, sin morderse la lengua... Y sin pensarlo dos veces.

El último comentario del honesto Jim (en realidad esta tesis ya la había defendido en anteriores ocasiones, aunque ahora haya tenido más eco mediático) es que "los africanos son menos inteligentes que los occidentales". Y, según él, si todos los planteamientos éticos, políticos, económicos... se basan en que esto es falso, los pobres negritos nunca van a levantar cabeza porque siempre van a jugar en inferioridad de condiciones.

Un amigo mío que es matemático y está especializado en Estadística me dijo en una ocasión que si, al encargar un estudio estadístico a una empresa, les dices previamente qué conclusiones quieres obtener, te apañan los datos para que dichas conclusiones sean irrefutables. Puedes demostrar que los caracoles son más veloces que los guepardos, que las hienas tienen el cuello más largo que las jirafas o que las moscas no vuelan tan rápido como las lombrices de tierra... También es fácil demostrar que los negros son menos inteligentes que los blancos (o sea, que la media de sus coeficientes intelectuales es inferior): basta con escoger una población de negros de los suburbios de una ciudad ignota en un país subdesarrollado y compararla con una población de blancos escogidos a la salida de un congreso internacional sobre "Análisis Estocásticos de los Procesos de Inversión". Así cualquiera.

En un reciente viaje a Cerdeña, conocí a un senegalés que vendía ropa, pañuelos de colores y figuritas de cerámica por la playa del Poetto, en Cagliari. El hombre había aprendido a hablar el dialecto sardo en pocas semanas, incluso antes que el italiano: era un modo inteligente de aproximarse a la gente, de ser simpático, de vender más. Mi amigo Glauco se rindió al juego inteligente del senegalés y le compró una camisa y un pantalón estampados con motivos étnicos de vivos colores negros, amarillos y verdes. Ahora que veo las fotos de Glauco vestido de senegalés, durante aquella memorable velada en su casa de Serrenti, con su esposa y sus amigos, mientras cantábamos canciones de De André, Battiato o Pink Floyd, entre vino vernaccia y crema de mirto, pienso con tristeza que el honesto Jim ha perdido una gran oportunidad: la de callarse.

Según mi amigo matemático, también se puede demostrar que los científicos laureados con el Premio Nobel, cuando envejecen, se vuelven unos redomados majaderos: en la población de muestreo, n=1

sábado, septiembre 15, 2007

El celacanto

En la página web de Yamaha hay una sección de recortables que hará las delicias de todo el que tenga paciencia para ello. Los montajes son chulísimos... Y como muestra, un botón: el celacanto, un auténtico fósil viviente. Imprímelo en cartulina blanca, recorta y pega.
Nos vemos en un par de días...



Instrucciones de montaje (inglés)

lunes, junio 04, 2007

Dr. Stanley Miller, in memoriam


Conocí al Dr. Stanley Miller en Valencia, en 1998. "El Hombre del Traje Blanco", tenía el típico aspecto del profesor chiflado, despeinado, con sus inconfundibles gafas "de culo de vaso".
Su conferencia fue absolutamente brillante, elegante (a pesar de los problemas con el audio de la traducción) y, sobre todo, sencilla, simple... Había científicos engolados y altivos que, desde su alto pedestal o cátedra, pensaban que los biólogos de a pie escuchando las palabras de las eminencias éramos como el polvo sobre una carísima cómoda Luís XVI, margaritas ante porcos... Pero llegó el Dr. Miller y habló de moléculas, de ADN y ARN, de aminoácidos y proteínas, con la misma claridad y sencillez con que explica un profesor de bachillerato a sus alumnos, pero sin perder un ápice de su altísimo nivel conceptual. Durante aquella conferencia, Miller fue una mota más de polvo. Comprendí que la raíz de su genialidad era precisamente esa: reducir los problemas complejos a su dimensión más sencilla.
Su experimento, un clásico de la bioquímica evolutiva y del estudio del origen de la vida, consistió en reproducir en laboratorio las condiciones de la tierra primitiva (una atmósfera reductora, un mar somero y caliente, unas tormentas eléctricas...) y comprobar que la materia inorgánica se transformaba en pequeñas moléculas orgánicas, los ladrillos de la vida... Su experimento no produjo gusanos gelatinosos o asquerosos insectos reptantes, pero dejó muy claro que, antes de la vida, los ingredientes para la misma ya estaban en nuestro planeta, no se precisaba la concurrencia de seres extraterrestres o entes divinos. ¿Fue Dios, entonces, el cocinero-bioquímico que se inventó el guiso de la vida? La respuesta, quizás, aquí

Una página web antievolucionista presenta, curiosamente, una bonita presentación sobre el experimento de Miller. Concluyen, pretendiendo restarle importancia, que este hombre sólo consiguió crear una tuerca de la maquinaria de la vida... El argumento, sim embargo, se vuelve contra ellos: si la naturaleza per se puede crear una tuerca, ¿por qué no habría de poder crear el resto de las piezas?

Hoy nos ha dejado Stanley Miller para conocer el secreto de la vida y para volver a ser polvo de estrellas.

Thank you, Mr Miller.


martes, mayo 01, 2007

SOBRE EL CORDÓN UMBILICAL

Hoy, Día del Trabajo (y, curiosamente, fiesta nacional) me ha llegado un correo electrónico de un alumno de 3º de ESO. El chico, en vez de estar pegando patadas a un balón o haciendo las cosas que suelen hacer los chavales de su edad en un día festivo, estaba leyendo algo sobre las células-madre. En su correo me dice "Ayer oí decir al Príncipe que iba a guardar las células del cordón umbilical de su hija en dos bancos de células madre, uno público y otro privado y me he acordado de usted que es el profesor de Ciencias. ¿Cómo son esas células y por qué hay que guardarlas?". Me he alegrado muchísimo de que un alumno se acuerde de mi en un rato de ocio, de que se interese por la ciencia, de que sienta curiosidad por conocer el mundo.
Las células madre suponen una esperanza de solución a muchas enfermedades que, hoy por hoy, son incurables. Hay muchas barreras éticas que deben ser salvadas, quizás hay que hacer una revisión profunda y sincera de lo que es y lo que no es ético en lo que a terapia génica se refiere...
Las familias reales han practicado la endogamia durante muchas generaciones y por tanto la posibilidad de que se presenten determinadas taras o enfermedades genéticas es grande. No sé si habrá pesado esta reflexión o no en la decisión de los príncipes de guardar células madre en un banco... Por mi parte, si yo volviese a tener un hijo, sí que lo haría.
Para explicar a mi alumno el asunto, he encontrado este vídeo, muy ilustrativo, en "youtube": se trata de un corto documental publicitario de un banco de células chileno.



Está muy bien, ¿verdad? Aquí hay otro, más cortito, de un banco mejicano.



Y, pera terminar, una curiosidad. Echen un vistazo primero a estas fotografías. Todas están en www.flickr.com (el rótulo de cada una hace referencia al título y al autor de cada una).



¿Qué tienen en común todas estas peluquerías de señores? Para responder, hemos de retroceder hasta la Edad Media, época en que se crea el gremio de los barberos-cirujanos (o maestros sangradores). Era competencia de éstos, además de asistir en los partos y acompañar a las parteras por si había problemas hemorrágicos, ligar el cordón umbilical, dar puntos en caso de desgarros, etc. Aquellos barberos que, además de rapar y pelar las barbas de sus vecinos, incluían en el ejercicio de su profesión estas prácticas tocológicas, solían anunciarlo en la puerta de su establecimiento dibujando un cordón umbilical: franjas helicoidales de color azul y rojo (los de las venas y arteria umbilicales que se ven por transparencia) y blancas (el color del cordón propiamente dicho).
Los peluqueros de todo el mundo, aun hoy en día, conservan la costumbre de bordear las puertas de sus comercios con estos colores o colocar un rollo giratorio sobre ellas, representación del cordón...

martes, marzo 06, 2007

SOBRE LAS MITOCONDRIAS Y LOS CERROS DE ÚBEDA

Pienso, luego existo (Renè Descartes)
Pensar y ser es uno y lo mismo (Parménides)

Voy a preparar el examen para mis alumnos de 2º de Bachillerato y se me ha ocurrido pedirles que definan el término "mitocondria" (qué son y qué función tienen estos orgánulos subcelulares). Cierro el libro que estoy leyendo -una novela que había ido relegando pero a la que ya me apetecía hincarle el diente-, me pongo manos al ordenador y... Acabo de recordar una anécdota ocurrida hace unos años en Valencia, mientras asistía a un curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Aplazo la elaboración del examen y redacto este post. (Dichosos cerros de Úbeda...¡Cuánto tiempo y esfuerzo me van costar!).Comencemos por el principio. Me matriculé en aquel curso, en octubre de 1997, atraído no sólo por su contenido (se llamaba "El Origen de la Vida: ¿en la Tierra y en otros planetas?") sino también porque se concibió como curso-homenaje a uno de los grandes científicos españoles, Joan Oró, con motivo de su 80 cumpleaños. Además del homenajeado, participaban como ponentes Stanley Miller (quien hace 50 años demostró con su famoso experimento que las biomoléculas -"los ladrillos de la vida"- pudieron sintetizarse en la Tierra primitiva, hace más de 4.000.000.000 años, sin necesidad de la intervención de seres extraterrestres, divinos o no divinos), Jaume Bertranpetit (afamado biólogo evolucionista y antropólogo), Antonio Lazcano (microbiólogo mexicano de renombre internacional, presidente de la International Society for the Study of the Origins of Life), Ricardo Amils (microbiólogo del Centro de Astrobiología, especializado en microorganismos extremófilos, es decir que viven en condiciones extremas de temperatura, pH, etc.). Pero la atracción más interesante de aquel mítico grupo era sin duda Lynn Margulis, microbióloga norteamericana famosa por su teoría del origen endosimbionte de las mitocondrias (es decir que, según ella -y es admitido por la comunidad científica- las mitocondrias eran organismos procariotas heterótorofos aerobios que "se quedaron a vivir" en el citoplasma de fagocitos anaerobios: de esta unión feliz surgieron los heterótrofos eucariotas actuales...). Un origen endosimbionte tendrían también los cloroplastos, los centriolos, cilios y flagelos... Y aun hace extensiva su teoría a organismos eucariotas superiores: animales, plantas, hongos, etc, tienden a unirse y colaborar estrechamente para originar organismos más complejos, más completos, mejor adaptados...
Lynn, además de ser una microbióloga audaz, es una gran divulgadora y sus libros tienen gran éxito de ventas en todo el mundo. Además (esto poco tiene que ver con lo que pretendo contar, entra más en el dominio de "Salsa rosa", pero no puedo resistirme a escribirlo) Lynn Margulis estuvo casada con el gran astrónomo Carl Sagan, autor de la premiadísima serie televisiva "Cosmos".
Como su fama la precedía esperábamos a Lynn con una expectación tremenda. Apareció puntualmente y, para sorpresa mía, hablando en un perfecto castellano (con un acento extraño, mezcla del inglés norteamericano y el español de Méjico). Su ponencia fue como sus libros: una colección de conocimientos sobre biología, microbiología, taxonomía, bioquímica, etc, perfectamente hilvanados con anécdotas extraídas del mundo de las humanidades: filosofía, historia, literatura...
Todavía con la boca abierta y un poco apabullado por la magnífica conferencia que acababa de escuchar (¿síndrome de Stendhal?), aproveché el receso del desayuno para acercarme a ella y pedirle que me firmara en un libro suyo que, oportunamente para la ocasión, llevaba conmigo.
Amablemente, mientras Antonio Lazcano la esperaba para ir a tomar un café, me firmó mi libro.

Uy, me he equivocado de fecha! ¡Hoy es 13 de octubre, no 12! Espera, que lo voy a corregir...
-No, da igual -le respondí a Lynn-. Además, es 13 y martes; si deja usted "lunes, 12" ahuyentaremos la mala suerte...
En ese momento intervino, como accionado por un resorte automático, Lazcano.
Ah, es cierto! ¿Saben de dónde viene el origen de la superstición? Pues data del año 1204. El día 13 de abril, la ciudad de Constantinopla cayó en manos de los caballeros cruzados, que entraron a saco, sembrándola de destrucción y muerte...
Me quedé mudo de asombro y admiración. ¡Otro científico humanista! ¡Otro rara avis! ¡Y en el mismo metro cuadrado!
Cuando Antonio Lazcano, después del descanso, dio su conferencia verifiqué que estaba ante un sabio que administra con maestría las dosis justas de humildad y elocuencia.

Volvamos al examen de 2º de bachillerato. He cogido el libro que me firmaron Lynn Margulis y Antonio Lazcano para buscar unos datos. Vuelvo a leer el capítulo 10 ("Teoría de la simbiosis: las células como comunidades microbianas"). ¡Qué maravilla de prosa científica! ¡Qué buenos recuerdos los de aquellos días en Valencia!. Por fin lo termino, ya está listo para imprimir.

Regreso al libro que aparqué cuando empecé a redactar el examen. Se trata de "Baudolino", de Umberto Eco. En esta novela, que tiene ya unos años, el protagonista narra su vida, sus peripecias y sus fantásticos (también fantasiosos) avatares a un historiador llamado Nicetas, el miércoles 14 de abril de 1204, en una Constantinopla casi reducida a cenizas por los cruzados...
La vida es un cúmulo circular de casualidades, sin duda. Y todo gracias, entre otras muchas cosas, al fascinante auxilio de nuestras mitocondrias, que nos proporcionan la energía para vivir, o sea, para pensar, para leer, para ser mejores cada día: sólo a través de la cultura se puede alcanzar la libertad.

sábado, marzo 03, 2007

SOBRE VAMPIROS Y CALAMARES



Como sé cuánto le gusta a mis alumnos lo tétrico y lo terrorífico, he decidido incluir este breve "post": mientras "buceaba" por las profundidades abisales de la World Wide Web me he encontrado con esta especie de calamar, digno de un cuento de Edagar Alan Poe. Se llama "Calamar Vampiro del Infierno" (ya sólo el nombrecito da pavor); se bautizó así, evidentemente, por su aspecto: sus cuatro pares de tentáculos, cortos y unidos por una membrana, y su color oscuro recuerdan las alas de un murciélago. Tienen un par de filamentos retráctiles (en realidad el quinto par de tentáculos: no olvidemos que los calamares son decápodos)y unos enormes y siniestros ojos que, en proporción al cuerpo, son los mayores que existen. Por si todo esto fuera poco, puede emitir una luz fría y espectral. Es un animal poco común y habitante de las profundidades abisales y afóticas, lo que lo asemeja todavía más al vampiro...
Aquí tenéis un vídeo japonés -precioso, para los amantes dela zoología, pero siniestro para los amantes del cine de terror- con imágenes de Vampyroteuthis infernalis. Se lo dedico a mi amiga Kyoko, aunque sospecho que no le va a agradar el bicho...

lunes, febrero 19, 2007

SOBRE TÓMBOLAS E HISTOLOGÍA VEGETAL.




Cada vez que veo por los pasillos del Instituto a Águeda, me da un pequeño vuelco el corazón. Fue alumna mía el curso pasado, en 3º de ESO. Ahora estudia 4º, pero tiene "pendiente" las Ciencias Naturales.
Águeda era buena estudiante en todas las asignaturas, menos en la mía. Siempre me sorprendía cuando el profesor de Matemáticas o el de Lengua me decían que Águeda había sacado un 8 ó un 9 en sus asignaturas... En Biología y Geología nunca pasaba de un 2. Un día le pregunté, en un aparte, cuál era su problema con mi asignatura y me respondió que no le gustaba nada, que la odiaba y que no pensaba estudiarla jamás. Me apenó su actitud y su inútil rebeldía. Ahora, cada vez que nos cruzamos por los pasillos, vuelve la cara para evitar el saludo... Pero yo soy mas tozudo que ella y le lanzo un sonoro "Hola Águeda, ¿qué tal estás?". Ella, a veces, responde un escueto "Bien", pero casi siempre se hace la despistada. Qué pena.
En mi clase de 4º, tengo un alumno con el problema contrario: José Manuel quiere aprender, pero sus carencias, acumuladas curso tras curso, son un handicap insalvable...
-¡Cómo me ralla esta asignatura, profesor! Me gusta mucho, me entero y me lo paso bien en clase... Pero luego, en casa, no me entra. Por más que estudio, no me entero.
Y debe ser verdad, porque sus exámenes son un batiburrillo inconexo de ideas poco y mal aprendidas.
Esta mañana he parado a Águeda por el pasillo:
-¿Por que no has presentado los trabajos para recuperar la Biología y Geología de 3º?
-Porque no pienso estudiar esa asignatura. Ya lo dije el curso pasado: aprobaré todas las de 4º y ésta me la van a aprobar por el morro.
-Tal vez sea como tú dices, Águeda, pero... ¡Intenta estudiarla! A lo mejor te llevas una sorpresa y descubres que te gusta... Además, la vida da muchas vueltas... Nunca se sabe qué te espera a la vuelta de la esquina...
Y un pijo!¡Esta asignatura no la estudio porque no me da la gana y punto!
Águeda, terca como una mula, se ha cerrado en banda. En cuanto he llegado a casa he empezado a componer el borrador de este artículo: lo que no me deja decirle de viva voz, quizás le llegue a través de la palabra escrita.
El final del 2º curso de Biológicas, allá por 1983, se me hizo muy cuesta arriba, especialmente en una asignatura: "Citología e Histología". Ésta constaba de tres parciales: "Citología" (obtuve un sobresaliente en el examen correspondiente), "Histología Animal" (que aprobé con un notable) e "Histología Vegetal". Para preparar este último parcial sólo tuvimos un par de semanas, pero la profesora no quiso recortar ni una coma del temario: inesperadamente nos vimos sorprendidos con un examen de dimensiones ciclópeas, que se juntó con los finales de Bioquímica, Bioestadística y Genética... Por si esto no fuese suficiente para acabar con la moral de cualquier estudiante universitario, por aquellos días también sufrí los envites (o más bien las embestidas) de Cupido.
Unos malos apuntes, un trabajo excesivo, calor sofocante, amores y desamores, desánimo y abatimiento... Suspendí el examen de Histología Vegetal, claro está... Afortunadamente, en septiembre sólo tendríamos que presentarnos a ese último parcial, pues se nos guardaba la nota de los otros dos.
Los temas que preparé durante el verano eran dignos de mostrarse en un museo: creo que en ninguna asignatura del resto de mi carrera he vuelto a hacer unos esquemas tan perfectos, ni a dibujar tan meticulosamente, ni a consultar tanta bibliografía... ¡Sabía más sobre Histología Vegetal que muchos profesores adjuntos, sin duda! Y descubrí que era una asigatura maravillosa. El único sinsabor era que, en la perspectiva del estudiante universitario que entonces era, una buena nota en septiembre vale lo mismo que una nota mediocre en junio. Pero me equivocaba.
Me presenté a las Oposiciones para Profesores Agragados de Bachillerato, en el verano de 1988, en Madrid. Concha, una compañera del IES "Andrés de Vandelvira", donde yo había trabajado como profesor interino ese curso, me dejó las llaves de su casa de la calle Guzmán el Bueno y allí me alojé durante el sofocante mes de julio. La casa de Concha era una biblioteca de Biología y de Geología donde, además, se podía dormir. ¡Dios mío, cuántos libros pueden caber en un espacio tan reducido! El día anterior al examen, me entretuve en hojear algunos de ellos: casualmente di con uno sobre Histología Vegetal, ilustrado con unos preciosos dibujos a plumilla y tinta... Me entretuve copiando muchos de esos dibujos: no quedarían mal en el despacho de mi casa, enmarcados...









Al día siguiente, ya en el examen de las Oposiciones, ¿adivinan cuál era uno de los tres temas elegidos en el sorteo? ¡Histología Vegetal! Desde lo más interior de mi ser brotó un enérgico e irreprimible "¡¡Bien!!" que hizo sonreir a los miembros del tribunal... No era mi tema favorito (hubiese preferido mil veces que saliese el tema "Moluscos") pero entendí que con la Histología Vegetal me luciría más. Así fue: mientras escribía folios y folios, hacía unos dibujos memorables y, en definitiva, bordaba el tema supe que estaba saldando mi deuda con esta disciplina. Aprobé, claro. La Histología Vegetal fue para mí como el vino del Lazarillo de Tormes: lo que me enfermó, también me sanó y me dio salud...

José Manuel, Águeda: estudiad, jamás será tarde para adquirir papeletas de esta tómbola vital que nunca cierra.


Para la presentación (side) he tomado imágenes de una página EXCELENTE, (Unidad de Biología Celular de la Universidad de Girona: creo que es insuperable: ¡Ojalá hubiera habido algo así cuando yo estudiaba!).

Podéis cosultarla aquí.

viernes, febrero 16, 2007

SOBRE LA GEOLOGÍA DE ANTES...

Una alumna de 2º de bachillerato, que se está planteando comenzar la licenciatura de Biológicas el próximo curso, me preguntaba hace unos días qué asignatura de la carrera me gustó menos y cuál más. Respondí sin dudarlo: odiaba la Geología y me fascinó el mundo de los invertebrados (artrópodos y no artrópodos). Sin embargo, rumiando después mi respuesta -y ayudado por la presentación de Tomás sobre las formas del relieve- recordé cómo, a pesar de mi reticencia y de mi odio visceral, la Geología llegó a interesarme y a fascinarme tanto como los bichitos. Tuve muy malos profesores de Geología en la carrera. De cierta profesora recuerdo las uñas negras -cuando hacíamos prácticas de mineralogía- y la baba seca en la comisura de los labios -cuando hablaba y hablaba en un una especie de monólogo autista y aburrido.
"-Las dolomías del turonense resisten más la erosión"
Nos burlábamos de aquella frase, imitando su acento y su tono falto de color y entusiasmo. Los alumnos siempre han sido crueles.
Quizás mi juicio es muy rígido o tal vez la lejanía ha recrudecido mi recuerdo... ¿Sería más benevolente con ella si asistiese ahora a una de sus clases? No sé...
Cuando acabé mi licenciatura tuve que empezar otra carrera: la de hacer cursos y conseguir puntos para labrar un currículum. El primer curso de mi vida de lienciado llevaba por título: "Cuatro itinerarios geológicos: estudio de su idoneidad didáctica en BUP y COU" . Se trataba de un curso práctico: en diferentes fines de semana, seguíamos a un geólogo por la orilla del río Cabriel, por la Sierra Mariola, por las dunas del Saler y las inmediaciones de la Albufera... mientras nos iba mostrando las formas del relieve, la acción geológica del viento o del agua, las huellas del tiempo -un tiempo tan dilatado que daba vértigo pensar en él- sobre los paisajes. Series estratigráficas, pliegues monoclinales, fallas inversas, lapiaces y lenares... Todo cobraba un nuevo sentido. ¿Así que eso era la Geología? ¡Era maravillosa!
Después he hecho más cursos de Geología y, sobre todo, de Paleontología (dónde se daban la mano la Geología, la Zoología, la Botánica, la Evolución...). Los "Cursos de Paleontología en Cuenca", organizados por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, congregaron durante varios años a la flor y nata de los geólogos y paleontólogos españoles y extranjeros (estaban dirigidos por José Luís Sanz y Ángela D. Buscaglioni). En uno de aquellos cursos, contamos con la presencia de Don Bermudo: desde que compartimos con él y con su esposa un par de tardes en la Ciudad Encantada, la Geología (en realidad todas la Ciencias Naturales) tienen un nuevo significado para mí.
Don Bermudo Meléndez fue pionero en el estudio más riguroso y con afán didáctico de la Geología y, especialmente, de la Paleontología en España. Su extenso y brillante currículum, sin embargo, no escondía ni al humanista ni al entregado naturalista. Tendría unos 80 años cuando lo conocí: lo recuerdo con su cazamariposas, persiguiendo a una mariposa ajedrezada mientras trepaba ágilmente por los difíciles peñascos de la Ciudad Encantada, bajo la complaciente mirada de su esposa Isabel...
Como comenzó a soplar una inesperada ventisca, alguien declamó:
"-...viento en popa a toda vela / no corta el mar sino vuela..."
Don Bermudo se giró hacia el rapsoda y le preguntó:
"-Si tenía Asia a un lado, al otro Europa y allá, a su frente, Estambul, ¿dónde estaba "El Temido"?
"-Pues... En... ¿el Bósforo?"
"-¡No!¡En el estrecho de los Dardanelos, entre el Egeo y el Mármara!¡En el Helesponto de los antiguos griegos!"- y ponía tanto entusiasmo en su explicación geográfica e histórica como en la descripción de las dolomías del turonense... (¡qué diferentes de aquellas que estudié en la universidad).
Don Bermudo falleció en 1999 pero la semilla de su buen hacer científico y pedagógico y el recuerdo de su calidad humana siguen tan vivos como las mariposas ajedrezadas que revolotean por la Ciudad Encantada...

jueves, febrero 15, 2007

SOBRE DALTON

Casualmente, y por distintas razones, el nombre de Dalton ha sonado en las clases de 1º , 3º y 4º de ESO, y en la de 2º de Bachillerato. No es extraño, no obstante, dado que este científico del siglo XVIII y XIX era un hombre muy polifacético y, como podréis comprobar por su biografía, su compromiso con la ciencia trascendió las fronteras de la muerte.
En la clase de 1º de ESO, (la de mis neutrinos, a los que no me refería desde hace unos cuantos artículos) estamos estudiando la estructura del átomo; en 3º hemos hablado de la ceguera para los colores, enfermedad que se conoce como "daltonismo"; en 4º expliqué por qué esa enfermedad es hereditaria y ligada al sexo; finalmente, en 2º de bachillerato... Al final os comentaré cómo surgió el nombre de John Dalton.
Nació en Eaglesfield (Inglaterra) en 1766, en el seno de una familia de cuáqueros (una especie de secta religiosa cuyos miembros practican el pacifismo y la no violencia y viven en la secillez y la humildad más extremas), doctrina a la que Dalton fue fiel durante toda su vida. Fue primero agricultor y luego maestro (enseñaba matemáticas, historia natural y física a niños de educación primaria), pero ante todo fue un curioso observador de los fenómenos naturales y un avezado experimentador (si bien su carácter autodidacta y su alejamiento de los círculos "oficiales" de la ciencia hacían su metodología algo heterodoxa). Una muestra de ese afán científico y del rigor en sus experimentos es el hecho de que durante casi 60 años anotase cada día los datos meteorológicos (presión atmosférica, cantidad de lluvia, temperatura). Precisamente su pasión por la meteorología le llevó a formular su Ley de las Presiones Parciales, la Ley de las Proporciones Múltiples (conocida simplemente como Ley de Dalton) y, finalmente, su teoría atómica.


La ley de Dalton abrió el camino para la invención de la formulación sistematizada (representar cada molécula con los símbolos de los elementos químicos de que está compuesta, indicando con subíndices el número de átomos de cada uno) y le sirvió a él mismo para proponer, unos años más tarde, su modelo del átomo: unidad indivisible e indeformable de materia; Dalton concibió acertadamente que una sustancia pura estaría formada por un elevadísimo número de átomos, todos con idénticas propiedades y masa. Lógicamente, sustancias puras distintas estarían formadas por átomos distintos (con diferentes masas y propiedades). En el curso de una reacción química, Dalton supuso que los átomos de diversas sustancias se combinan entre ellos para dar una sustancia diferente, pero conservándose siempre la masa (como ya demostró el francés Lavoisier antes de perder la cabeza). Aunque el modelo atómico de Dalton es en realidad un esbozo muy simple de lo que luego se ha revelado como un sistema muy complejo, no se le puede negar el mérito propio del pionero. Su obra “Nuevo sistema de filosofía química” es una joya entre los clásicos de la literatura científica.


En 1794, unos años antes de que Dalton formulase su famosa ley, presentó en la Sociedad Filosófica y Literaria de Manchester una comunicación titulada "Ensayo sobre el daltonismo", enfermedad que él padecía (también su hermano) y que bautizó con su propio nombre.
"En el otoño de 1792, accidentalmente, pude percatarme de una anomalía en mi visión; al observar el color del geranio a la luz de una vela, percibía la flor como de color rosa, aunque a la luz del día se mostraba azul celeste. Era sorprendente este cambio: cuando la iluminaba con la vela desaparecían los tonos azules y a mi vista parecía de un color tan distinto como el rojo. Invité a algunos amigos a contemplar el curioso fenómeno y, para mi sorpresa, nadie apreció el cambio de coloración: para todos la flor tenía, prácticamente, el mismo color con luz natural que con la luz de la vela. Mi hermano, sin embargo, veía igual que yo. Evidentemente nuestra visión no era como la de los demás."

La enfermedad, conocida también como "ceguera para los colores", consiste en la imposibilidad de distinguir alguno(s) de los tres colores primarios; quienes pueden apreciar sólo dos de ellos son daltónicos dicromáticos y quienes distinguen los tres, pero con una visión anormal de cada uno de ellos, son daltónicos tricromáticos anómalos. Dalton no podía saber que su enfermedad se debía a la presencia de un gen alterado en el cromosoma X (y que, por tanto, heredó por vía materna) y en su afán por buscar una una explicación aventuró que el humor vítreo de sus ojos (el líquido que baña la cámara posterior, detrás del cristalino) estaba teñido de azul en lugar de ser transparente como en las personas de visión normal. Esta pigmentación haría las veces de filtro para la luz solar, absorbiendo la radiaciones de determinadas longitudes de onda antes de que llegaran a la retina.
Como decía al principio, su compromiso con la ciencia y el rigor de sus experimentos era tal que, para comprobar su teoría, dio orden de que, cuando muriese, se le extrajeran los globos oculares y se comprobase el color del humor vítreo. Su ayudante Josph Ransome cumplió con la voluntad del ilustre finado: el humor vítreo era tan transparente como el de cualquier persona con visión normal; el pobre Dalton se fue a la tumba sin tener ocasión de formular una nueva hipótesis...
Ransome decidió conservar los ojos: en la Sociedad Filosófica y Científica de Manchester permanecen todavía, como útimo vestigio de la genialidad y el rigor de John Dalton.

¿Y por qué mencioné a Dalton en la clase de 2º de Bachillerato? Hablábamos del ADN y de los análisis genéticos en medicina forense. Les comenté que en 1995, J. Hunt y J. Molton, biólogos de la Universidad de Cambridge, tomaron una muestra celular de las retinas de Dalton con el fin de estudiar los genes del daltonismo y determinar cuál fue la naturaleza de su visión anómala: tras la extracción y amplificación de las secuencias de ADN con los genes para síntesis de pigmentos relacionados con la visión de los colores, se determinó que Dalton carecía del pigmento verde (era dicromático verde). Seguramente al científico cuáquero le hubiera encantado conocer estos detalles, tan inasequibles en su época.

Dalton recibió en vida fama y honores (sus funerales congregaron a unas 40.000 personas), pero él siempre fue fiel a su humildad y a su austeridad. Una anécdota curiosa: para recibir un doctorado por la Universidad de Oxford de manos del rey Guillermo IV hubo de ser "engañado", si bien con la mejor de las voluntades. Vistió el uniforme de color escarlata de la Universidad -color ostentoso y nada acorde con sus principios cuáqueros- creyendo (a causa de la ceguera para los colores) que vestía de un austero gris...

viernes, febrero 09, 2007

SOBRE EL DODÓ Y OTROS ASUNTOS

Para Juan Miguel, Juan Carlos, Antonia, Rosa, María José, Mogica... y todos los que preparábamos el "visu": los buenos momentos de aquellos días son impagables. Aun guardo las risas en una carpeta, junto a los apuntes, los esquemas, los dibujos...
Para mis alumnos (especialmente para los de 2º de Bachillerato): no dejéis de reir (¡pero hacedlo fuera de clase! Je, je)




Hace 21 años, recién licenciado en zoología, andaba preparando el famoso "visu" de las oposiciones para "profesores agregados de bachillerato" en el Colegio de los Jesuitas "San José", de Valencia. En aquel precioso edificio existe un museo de Ciencias Naturales, creado por un sacerdote a finales del siglo XIX, el padre Ignacio Sala. Según tengo entendido, este buen hombre, un naturalista curioso, escribía a los misioneros jesuitas de todo el mundo para que le enviasen ejemplares de rocas y minerales, insectos, huesos, fósiles, herbarios... y cuánto pudiese ser de interés para su museo. La colección es impresionante por el volumen y la naturaleza del contenido; allí se pueden ver desde cráneos de cocodrilos o elefantes hasta cangrejos-cacerola de las Molucas, desde fetos con malformaciones de diversas clases de animales hasta insectos-palo de 60 cm., desde ámbar con inclusiones de hormigas hasta el "hueso de la canilla" de un alumno que fue arrollado por un autobús en las cercanías del colegio. A decir de los entendidos, la joya de este museo, paradigma de los museos de ciencias naturales en los siglos XVIII y XIX, es su colección ornitológica: hay disecados patos, rapaces diurnas y nocturnas, pájaros, estorninos, bisbitas, córvidos, golondrinas, cucos... Incluso había un par de ejemplares (reconstrucciones) de un ave muy peculiar, extinguida hace unos tres siglos: el dodó.

El pasado viernes 2 de febrero, en una visita con mis alumnos de 2º de Bachillerato a la Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia para ver la exposición "El bosque de cromosomas" me llevé una grata sorpresa: ¡uno de los dodós de los jesuitas estaba expuesto en una vitrina! A pesar del tiempo transcurrido desde que lo tuve en mis manos, los recuerdos de aquellos felicísimos días se han vuelto nítidos...


(Ya sé, ya sé... El dodó ha cambiado menos que yo...)
En aquella época, el naturalista curioso que había en mí (y que sigue habiendo) quiso saber más de esta especie de paloma y, fruto de mis pesquisas, nació un artículo que he rescatado del baúl de los recuerdos (¡éramos capaces de vivir sin discos duros!) y enriquecido con algunos datos que he conocido después.
Los dodós vivieron en las Islas Mauricio, Reunión y Rodrígues, pertenecientes a un pequeño archipiélago del mar Índico, al este de Madagascar. Las islas pertenecieron a los portugueses en el siglo XVI (que las llamaron Islas Mascarenhas), a los holandeses en el XVII (las rebautizaron como Islas Mauricio), los franceses en el XVIII (a cada isla le pusieron un nombre y lo cambiaron en varias ocasiones: Isla de Bonaparte, Isla Reunión, Isla del Cisne, Isla de Francia, Isla de Bourbon...) y los británicos en el XIX y en el XX (el archipiélago consiguió su independencia en 1968).
Cada una de las tres islas poseía su propia especie de dodó (también se conoce con su nombre alemán dronte).
El dodó de Isla Mauricio, la más conocida de las tres especies, fue bautizada por Linneo con el nombre de Didus ineptus, pues su aspecto –la cabeza grande, el cuello rechoncho, el gran pico, las patas cortas con cuatro dedos, sus alas casi vestigiales- sugería un ave de hábitos estúpidos. Otro gran naturalista, Buffon, considera que el dodó es “un error de la naturaleza” y no lamenta su extinción. Fue rebautizada como Raphus cucullatus.

A lo largo del siglo XVII, varios ejemplares de dodós llegaron a Europa para enriquecer las colecciones particulares (fue famosa la del emperador Rodolfo II de Habsburgo), para ser exhibidos en ferias o para ser estudiados en las universidades. La fama que el ave alcanzó y la curiosidad de los aristas establecieron una feliz alianza: gracias a los diversos grabados y dibujos de la época, podemos hacernos una idea del aspecto del dodó



Una de las primeras noticias de la existencia del dodó data del siglo XVI y nos la da el almirante holandés Jacob Cornelisz van Neck, quien refiere que estos animales son "bestias nauseabundas" por el mal sabor y la dureza de su carne, incluso cocida durante mucho tiempo. Otra peculiaridad reseñada por muchos observadores es que el dodó acumula en su nido piedras para ingerirlas postriormente. Al final del artículo volveré a incidir sobre estos dos hechos, aparentemente inconexos.
El dodó de Isla Reunión se diferenciaba del de Isla Mauricio en el color: era más claro, quizás una forma albina (Linneo lo llamó Didus borbonicus, en referencia a su lugar de origen).
El dodó de la Isla Rodrigues, o “solitario de Rodrígues” (Didus solitarius o Pezophaps solitaria) al contrario que su pariente de Mauricio, tenía “un sabor admirable” (según Françoise Leguat, un viajero francés del siglo XVII, autor de “Los naúfragos de Dios”). El dodó de Mauricio se extinguió en 1681 (tampoco hay rastros de sus parientes de Reunión y Rodrigues) y de su paso por el mundo apenas quedaron unos cuantos restos disecados en algunos museos de Historia Natural. Lewis Carroll publicó “Alicia en el País de las Maravillas” en 1865: el dodó que protagoniza la divertida carrera en la que todos ganan pudo inspirarse en el ejemplar conservado en el Museo de Oxford. (Se dice que Carroll, cuyo verdadero apellido era Dogson, tartamudeaba y se presentaba como “Do… Do… Dogson": de ahí su simpatía por el ave extinta). Por cierto, del ejemplar disecado de Oxford sólo se conserva una pata y el cráneo, rescatados de la basura donde fueron a parar en el transcurso de una limpieza, en 1775.



El recuerdo del dodó aun conoció otro momento de gloria cuando un tenaz maestro de Mauricio, George Clark, en 1865 encontró numerosos restos óseos, tras años de infructuosa búsqueda; el paraje donde fueron hallados fue un pantano casualmente llamado “Charca de los Sueños”. Los huesos fueron enviados a Inglaterra y estudiados por el reputado zoólogo Richard Owen, quien fue el primero en hacer un estudio zoológico y sistemático de la especie: la situó en el orden de las columbiformes, junto a las palomas y las tórtolas.
La historia del ave extinguida (seguramente por la presión humana: sus nidadas eran devoradas por los perros y los cerdos) ha generado mucha literatura científica a lo largo del siglo XX y aun en el corto XXI. Lo último que he podido saber es que el zoólogo Andrew Kitchener, en 1993, realizó una detalladísima y concienzuda reconstrucción anatómica y que, según una teoría de la científica francesa Fanny Cornault, el mal sabor de su carne se debía a que el dodó complementaba su dieta, en época de cría, con huevos de tortuga (¡y éstas eran las famosas piedras de los antiguos observadores!).
La supuesta estupidez del dodó no es sino el reflejo de nuestra verdadera torpeza en lo que a conservacionismo y extinción de especies se refiere. “¿Y por qué no había de extinguirse este pájaro idiota, este error de la naturaleza?” se preguntaría, quizás, Buffon. La respuesta es muy sencilla: por el mero hecho de existir, tenía derecho a seguir existiendo. Es una cuestión de “ecoética”. En las Islas Mauricio se recuerda al dodó en los sellos, en cientos de souvenirs para turistas, en el logo de la cerveza nacional… Pero uno no puede evitar la desazón y mucha tristeza al saber que jamás volveremos a ver un dodó vivo. Quizás por haber aprendido esto ha desaparecido de mi rostro la sonrisa que lucía hace veintitantos años.