La industria textil de la seda floreció en muchas zonas del Mediterráneo, y no fue una excepción el levante español, desde el siglo XV y hasta los albores del siglo XX. Las familias de campesinos tenían en la cría del gusano y venta de capullos a las fábricas, una fuente de ingresos complementaria: la tradición infantil de criar gusanos de seda y venderlos a los amigos es un vestigio de antaño, una costumbre romántica, pero en decadencia.
La historia de la seda es tan apasionante como la historia del descubrimiento de América: en ambos casos se encuentran y se conocen mundos distintos, civilizaciones lejanas, culturas fascinantes. Recomiendo encarecidamente la lectura de “La ruta de la seda: monjes, guerreros y mercaderes”, de Luce Boulnois: un bello libro que conjuga la erudición y el rigor histórico con la maestría de un buen narrador. En él nos encontraremos, mientras viajamos desde el arcano oriente hasta el mundo occidental que fraguaron, entre otros, griegos, fenicios y romanos, a emperadores chinos, piratas marítimos, caravansares, las huellas del imperio alejandrino, las maravillas de Marco Polo, leyendas árabes, mitos persas, animales fantásticos, plantas inimaginables, lugares de evocadores nombres: la meseta del Pamir, Samarcanda, Palmira, Bizancio… La tecnología nos permite hoy en día recorrer virtualmente la ruta de la seda: echad un vistazo a estos enlaces y viajad con Google Earth…
- Los tesoros de la ruta de la seda en el British Museum
- La infalible Wikipedia
- Para viajeros intrépidos
- Para viajeros desde casa (se requiere Google Earth): Copia y pega en tu navegador esta dirección; descarga este archivo y ábrelo:

También podemos recorrerla con la velocidad del rayo, como hizo el escritor italiano Alesandro Baricco en un espléndido ejercicio de economía narrativa. En su novela “Seda” demuestra que se puede crear una bella novela con pocas palabras. Así resume el viaje de Hervé Joncour desde la remota China hasta su casa en Francia
“Seis días después Hervé Joncour se embarcó, en Takaoka, en un barco de
contrabandistas holandeses que lo llevó hasta Sabirk. Desde allí ascendió por la
frontera china hasta el lago Baikal, atravesó cuatro mil kilómetros de tierra
siberiana, superó los Urales, llegó hasta Kiev y recorrió en tren toda Europa,
de este a oeste, hasta entrar, despué de tres meses de viaje, en Francia. El
primer domingo de abril -justo a tiempo para la misamayor- llegó a las puertas
de Lavilledieu. Se detuvo, dio gracias al Señor, y entró en el pueblo a pie,
contando sus pasos, para que cada uno tuviera un nombre, y para no olvidarlos
nunca más.-¿Cómo es el fin del mundo? -le preguntó Baldabiou.
-Invisible.A su mujer, Hèléne, le trajo de regalo una túnica de seda que ella, por pudor, nunca se puso.Si se sostenía entre los dedos era como coger la nada.”
La ruta de la seda ha hecho correr ríos de tinta, a su sombra han nacido tesis doctorales, artículos periodísticos, reportajes televisivos… De hecho, para mí estará siempre ligada a una sintonía: la de la magnífica serie de TV, producida en los años ochenta por la cadena japonesa NHK, compuesta por el músico Kitaro…
Pero vamos a remontarnos al origen de la seda... Permitidme contar una historia.
Hace muchos, muchos años, mucho antes de que los filósofos hicieran filosofía, cuando la mayoría de los sueños aun estaban por soñar y los dragones volaban sobre los campos de arroz sin miedo ni vergüenza, reinaba en China el Emperador Amarillo, Huang Ti. Tenía su corte en los montes Kunlun, en una fortaleza custodiada por el Vigilante del Cielo, un gigante con aspecto de tigre de nueve colas. Allí, en un remanso de paz, el emperador se dedicaba a cuidar de sus jardines extraordinarios donde cultivaba plantas de refinada belleza, donde la algarabía de pájaros de colores imposibles alegraba los días y donde habitaban animales traídos de los confines del mundo. El propio mayordomo de Huang Ti era un ave sabia y diligente que elegía el atuendo del Emperador cada mañana y lo ayudaba a desvestirse cada noche.Pero el tesoro más preciado de Huang-Ti era sin duda su esposa, la emperatriz Lei-Tsu: una joven muchacha de piel de porcelana que pasaba sus días en los jardines de palacio, entregada al cultivo de la música y de la caligrafía.
Una tarde de primavera tardía el Emperador encargó a su esposa que, durante sus largas estancias en los jardines, estudiara la causa del deterioro que estaban sufriendo sus moreras. La diligente Lei-Tsu enseguida vió que unas orugas roían insaciablemente las hojas, durante el día sin consideración por las propiedades reales y durante la noche sin respeto por el sueño de los cortesanos, pues el rumor de su voracidad los despertaba a cada instante. Al día siguiente, mientras tomaba el té, Lei-Tsu vio en la horquilla que formaban dos ramitas de la morera, un capullo blanco amarillento. Al ir a cogerlo para observarlo con mayor detenimiento, éste resbaló entre sus dedos casi infantiles y fue a caer en su tacita de té caliente, donde se deshilachó liberando a la crisálida, que cayó al fondo. Lei-Tsu, amante de la vida, quiso rescatar al animalito inmóvil y metió los dedos en el té, pero los sacó enseguida, pues estaba muy caliente. Al retirar la mano se llevó adherido en su dedo índice el extremo de un filamento largo y delgado del capullo deshecho. Tiró del hilo y comprobó maravillada su longitud y fuerza: en realidad todo el capullo estaba formado por este único filamento.

Prestemos atención a una imagen precisa de esta leyenda para seguir adelante: el capullo deshaciéndose en la taza de té. Esto nos informa de la naturaleza del hilo de seda, verdadero obra maestra de ingeniería, si es que la Naturaleza es creadora de ingenios.
El filamento de seda que excreta la oruga por sus glándulas sericígenas está formado por un núcleo de fibroína, proteína filamentosa que le procura su tenacidad característica (¡mayor que la del acero!). Mas los gusanos de seda no han inventado el tricotaje, no tienen telares donde elaborar una urdimbre de hilos de fibroína entrelazados, unos por arriba, otros por abajo… Sólo pueden, pobrecicos, segregar un hilo contínuo que enrollan y enrollan, superponiendo unas capas sobre otras. Sin algo que las adhiera, el capullo sería un armazón inconsistente que se desmoronaría antes de estar terminado. La naturaleza ha soslayado este inconveniente haciendo que la oruga secrete otra proteína, la sericina, que recubre los filamentos de fibroína , algo así como el envoltorio plástico de un cable eléctrico. Esta proteína externa, al contrario que la fibroína, es muy pegajosa y ayuda a que la arquitectura capullil sea consistente y duradera.¿Qué le da a la sericina ese carácter pegajoso? Pues el aminoácido que buscamos en esta ocasión. Se llama “serina” y su nombre deriva, precisamente, de la sericina: más del 30% de los aminoácidos de esta proteína son serinas.

Como vemos, es un aminoácido polar, tiene un grupo –OH en su radical. Miles de hidroxilos establecen enlaces de puente de hidrógeno unos con otros ayudando así a consolidar la estructura del capullo. Precisamente por esto, para la obtención de la seda (de la fibroína en realidad) se han de sumergir en agua caliente los capullos: así se disuelve la sericina (merced a sus miles de serinas, que establecen puentes de hidrógeno con las moléculas de agua) y se libera el alma del filamento, la fibroína. En su tacita de té, Lei-Tsu lo hizo sin conocimientos de biología molecular.















